Archivo mensual: abril 2006

MIEDO

De súbito te hiciste presente aturdiendo
los canales de mi ser.
Amordazaste mi alma entonces vulnerable
para someterla a tu arrojo.
La quietud y el movimiento fundaron su reyerta alegórica
previa al cortejo extenuante que con tu mano asfixiaste.
Y en la cima de la colina tus brazos levantaste,
llevando en tus sienes el laurel de tu apócrifa victoria
mientras la faja ceñía el rictus de tu disfraz.

Tu patética facha hendía en mis ojos
La daga de tu cruel frenesí.
No era más yo,
tu helado aliento entró por mi boca
dejando el ocre sabor de la muerte.

Eduardo Sastrías

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VIGILIA

Has muerto…
Atrás quedó tu punzante reverberar estrellado,
has fenecido tras cerrar tus fauces imaginadas.
La mano ejecutora sucumbe ante los incisivos flagelos matutinos
y el eco de un grito lastimero has dejado al sigilo.
Tres gotas derramadas en un cáliz expiatorio sólo han permanecido en el saldo.

Un lamento convulsionado,
el taladrar de un reloj y
un vaso seco de sed
simulan risotadas diabólicas
que aturden las silentes paredes.

Has muerto noche, has muerto y
mi paciente cadáver reposa junto al tuyo.

Eduardo Sastrías

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ÉXTASIS

Un hilo de fuego dentado inscrito en tu pecho vuela al cielo.
Las blancas órbitas marcadas por el deseo se apagan.
En un segundo tu alma lucha por abandonarte
y se me hace tocarla… tan sólo por un instante rapta la mía.
El sumo vital se derrama por la herida dejada hasta vaciar dos cuerpos
que inertes en la nada han quedado, condenados en su hoguera
clamando rezos cual latidos que zumban.
A partir de entonces dos seres sin nombre lamieron sus heridas y un ángel reía.
Un corazón lacerado por el eslabón de una cadena perdida gemía.
En guerra sin tregua la pulsión desobedecía al reposo,
dando paso al suicidio de la agonía.

Eduardo Sastrías

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INEXORABLE CIRCUNSTANCIA

 

Por la rendija se ha derramado
una gota de lamento,
los suspiros ladran entrecortados
perdiéndose al ras de la muda banqueta.
El viento lacerante empuja las hojas
que se tropiezan y amontonan
al filo de la tarde que todo lo taja.
La sangre emana y el ulular de un grito abandonado se acerca olfateando lo que la luz de un día concebido dejó.
Las paredes libran su propia batalla, luego,
han de seguir en pie.
No hay escapatoria, todos los caminos arrastran la muert
e.

Eduardo Sastrías

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TU CEPILLO DE DIENTES

Ahí estaba junto al mío, era lo único tuyo en esta casa. Un buen día lo saqué de su empaque para que lo tuvieras en tus visitas de fin de semana. Hoy irremediablemente ha ido a parar a la basura. Ya no lo veré al entrar al baño, sin embargo de alguna manera sabré que estuvo ahí. En el aire van flotando los recuerdos que impregnarán las paredes poco a poco como lo han hecho muy dentro de mi mente y corazón. Será difícil olvidar la noche que nuestras miradas se encontraron, a partir de ese momento no hubo más lenguaje que el de nuestros cuerpos infatuados, no hubo tiempo ni espacio, todo dejó de existir. Luego vendrían las palabras y aquellas que no conocías las dirías con tus ojos. Durante seis semanas fui más que tu amante, tu cómplice y aunque sabía que al otro lado de la tierra estaba el dueño de tu corazón me atreví a tomarlo prestado, y fue mi piel quien robó tu aroma, ése que quedó impregnado en la toalla que acabo de lavar. Rompiste mi neurótica rutina y hasta te atreviste a cambiar la estación de radio que por tanto tiempo había permanecido inmóvil. Entre semana cuando quería narcotizar mis pensamientos lo hacía a través de las pantallas de la televisión y de la PC, de repente sonaba el teléfono y al saber que eras tú el tiempo parecía detenerse con el vuelco de mi corazón, entonces la penumbra de mi cara se desvanecía por completo. Me aceptaste y quisiste tal cual soy, atreviéndote a ver en mí lo que a otros les da miedo. En ocasiones mi mente divagaba y huía de las cargas de trabajo para hacer una lista mental de los ingredientes que pondría a nuestro siguiente fin de semana. La comida que te preparaba la disfrutabas tanto como mis besos y ya después de comer ponías tu cabeza en mi regazo y me permitías jugar con las facciones de tu cara llevando la punta de mis dedos por todos tus rasgos relajando tu cuerpo hasta que dormitando quedabas , de repente despertabas y me decías: “ qué guapo eres”, antes de que pudiera hablar ya habías sellado mi boca con tus besos, tus ojos traviesos a la vez me gritaban que nos fuéramos al lecho donde de nuevo los besos, las caricias nos fundían en uno. El reloj pareciera haber detenido sus manecillas, sin embargo repuntaba el día y había que reiniciar la semana, al salir de tu casa me llevaba puesta aún parte de la noche en la que me habías tomado el alma y el cuerpo. Al llegar a la oficina todavía mi boca sabía a ti y me preguntaba si acaso todo hubiera sido un delicioso sueño o las marcas en mi corazón eran reales. Entonces le pedí al tiempo que volara a tropel para no extrañarte en la soledad de mis noches y llegara de nuevo nuestro ansiado fin de semana. Cuando jugueteábamos en la cama me platicabas de tu afición a los trenes y yo infantil pasaba mis dedos por tu cuerpo fingiendo una locomotora, reías y disfrutabas el masaje que te daba. Esta mañana me veía al espejo y en mis ojos algo faltaba, era eso que pusiste en ellos cuando con los míos te seduje. De pronto estaba ahí como lo dejaste la última vez, lo tomé como si pesara una vida y en un movimiento que en otras ocasiones fuera tan rutinario hoy me pareció distinto cuando lo deposité en el cesto de basura. Todavía queda el calor que dejaste en mi cuerpo, mi piel busca desenfrenadamente tus manos y mis labios aprisionados por mis dientes quieren detener un llanto silencioso que dejó tu partida, mis ojos no han querido borrar los tuyos y la memoria de este nuestro último fin de semana en que la pasión, el desenfreno de una piel atrapada en otra se dijeron adiós cuando no querían separarse, me aturde a toda hora. Y después vino el silencio queriendo borrar lo que era irremediable, fue cuando quise encontrar la palabra exacta pero sólo pude darte un beso cargado de seis semanas de mi vida y con él marcar también mi partida. Así es…hoy sólo pude tirar tu cepillo de dientes.

Eduardo Sastrías

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