AÑO OCHO / LA SENTENCIA

Tocan con demasiada insistencia, el ladrido de mis perros me despierta del letargo en el que me encuentro, tiro las sábanas y me dirijo a la puerta que con tanta lata suena. El agobiante calor y el viento que se ha cansado de soplar provocan la resequedad en mi boca y el pegajoso sudor de mi cuerpo. Los perros siguen en su inquieto afán ladrando y olfateando hacia el filo de la puerta.
-¿Quién?, pregunto .Y se hace un silencio. Vuelvo a preguntar mientras por mi mente pasa toda clase de ideas que me impiden abrir de inmediato esa puerta.
Al querer tomar la perilla de la cerradura mi mano se desvanece como humo sin poderla asir. Aún hay algo de luz que alumbra la estancia, el reloj marca las siete de la noche. ¿Qué hago yo dormido a esa hora? ¿Estaría tomando una siesta? No lo recuerdo, ¿qué día es? Mi mente se ha puesto en blanco, el constante toqueteo de la puerta también ha cesado, luego de aquél silencio que se rompe con el murmullo galopante de unos rezos, alguien llora y por el quicio de la puerta se filtra un olor a incienso, a nardos.
Dos de mayo del dos mil, quinto mes del nuevo siglo, un siglo que viene cargado de esperanzas y de buenas intenciones, esas mismas que van directo al infierno. Esa es la fecha del periódico sobre la mesa. El reloj se ha detenido a las siete de la tarde con trece minutos, de seguro estoy soñando y no puedo despertarme, pero no es así, nunca he estado más despierto que antes, los sonidos, los olores, las sensaciones, el calor de mi cuerpo, el revolotear de una mosca, todo es tan real como la imposibilidad de abrir esa puerta.
Años han pasado de aquél primer extraño suceso que se repite todas las tardes a esa exacta hora, todo se desvanece, nada tiene valor y de nuevo aquellos rezos que se mezclan con el humo del incienso y el olor de los nardos. Decido por un tiempo no estar en casa a esa hora, así evito ese demente evento, me quedo entonces más tiempo en la oficina o paso por un café o simplemente me quedo en el auto afuera frente a la casa hasta que pasa la hora fatídica.
Pero ha sido inútil, tan pronto llega la hora, de nuevo me veo encerrado en casa y mis manos desvaneciéndose al querer abrir la puerta, la escena es la misma sin tener la mínima diferencia en la hora, la fecha, el lugar; aun cuando ya me he mudado de casa dos veces, de nada sirve . Ya han pasado ocho años con cada uno de sus días desde aquella primera experiencia que se ha venido repitiendo día con día, a tal grado que me he acostumbrado a la idea de que a la misma hora vendrán los rezos, el olor a parafina con el incienso y los nardos, el tiempo que no sólo se detiene sino que retrocede y ya no trato de salir, ya no hago nada, he querido averiguar qué es lo que me quiere decir ese evento extraño; he dejado de poner resistencia, y me he dejado llevar, sin embargo algo me dice que un buen día no habrá camino de regreso y que todo quedará estático, sellado y en silencio…
La clave debe estar en aquel sobre que llegó a mis manos aquel día, lo abro y el tiempo se detiene, mi corazón no ocupa más mi cuerpo, es como si hubiera quedado atrapado en ese sobre. Por más que lo he buscado no aparece, quizá en algún momento fue a dar a la basura, lo han incinerado y son ahora sus cenizas las que vienen a visitarme cada tarde. La puerta ha quedado cerrada, el susurro de los rezos ha comenzado… Requiescat in pace– así sea.

Eduardo Sastrías

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