Archivo mensual: enero 2009

AÑO OCHO / LA SENTENCIA


Tocan con demasiada insistencia, el ladrido de mis perros me despierta del letargo en el que me encuentro, tiro las sábanas y me dirijo a la puerta que con tanta lata suena. El agobiante calor y el viento que se ha cansado de soplar provocan la resequedad en mi boca y el pegajoso sudor de mi cuerpo. Los perros siguen en su inquieto afán ladrando y olfateando hacia el filo de la puerta.
-¿Quién?, pregunto .Y se hace un silencio. Vuelvo a preguntar mientras por mi mente pasa toda clase de ideas que me impiden abrir de inmediato esa puerta.
Al querer tomar la perilla de la cerradura mi mano se desvanece como humo sin poderla asir. Aún hay algo de luz que alumbra la estancia, el reloj marca las siete de la noche. ¿Qué hago yo dormido a esa hora? ¿Estaría tomando una siesta? No lo recuerdo, ¿qué día es? Mi mente se ha puesto en blanco, el constante toqueteo de la puerta también ha cesado, luego de aquél silencio que se rompe con el murmullo galopante de unos rezos, alguien llora y por el quicio de la puerta se filtra un olor a incienso, a nardos.
Dos de mayo del dos mil, quinto mes del nuevo siglo, un siglo que viene cargado de esperanzas y de buenas intenciones, esas mismas que van directo al infierno. Esa es la fecha del periódico sobre la mesa. El reloj se ha detenido a las siete de la tarde con trece minutos, de seguro estoy soñando y no puedo despertarme, pero no es así, nunca he estado más despierto que antes, los sonidos, los olores, las sensaciones, el calor de mi cuerpo, el revolotear de una mosca, todo es tan real como la imposibilidad de abrir esa puerta.
Años han pasado de aquél primer extraño suceso que se repite todas las tardes a esa exacta hora, todo se desvanece, nada tiene valor y de nuevo aquellos rezos que se mezclan con el humo del incienso y el olor de los nardos. Decido por un tiempo no estar en casa a esa hora, así evito ese demente evento, me quedo entonces más tiempo en la oficina o paso por un café o simplemente me quedo en el auto afuera frente a la casa hasta que pasa la hora fatídica.
Pero ha sido inútil, tan pronto llega la hora, de nuevo me veo encerrado en casa y mis manos desvaneciéndose al querer abrir la puerta, la escena es la misma sin tener la mínima diferencia en la hora, la fecha, el lugar; aun cuando ya me he mudado de casa dos veces, de nada sirve . Ya han pasado ocho años con cada uno de sus días desde aquella primera experiencia que se ha venido repitiendo día con día, a tal grado que me he acostumbrado a la idea de que a la misma hora vendrán los rezos, el olor a parafina con el incienso y los nardos, el tiempo que no sólo se detiene sino que retrocede y ya no trato de salir, ya no hago nada, he querido averiguar qué es lo que me quiere decir ese evento extraño; he dejado de poner resistencia, y me he dejado llevar, sin embargo algo me dice que un buen día no habrá camino de regreso y que todo quedará estático, sellado y en silencio…
La clave debe estar en aquel sobre que llegó a mis manos aquel día, lo abro y el tiempo se detiene, mi corazón no ocupa más mi cuerpo, es como si hubiera quedado atrapado en ese sobre. Por más que lo he buscado no aparece, quizá en algún momento fue a dar a la basura, lo han incinerado y son ahora sus cenizas las que vienen a visitarme cada tarde. La puerta ha quedado cerrada, el susurro de los rezos ha comenzado… Requiescat in pace– así sea.

Eduardo Sastrías

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LA ÚLTIMA MUERTE

Cuando supo que iba a morir paradójicamente ya se había dado por muerto. Había muerto al perder toda ilusión y dejar de sonreír.
Tiró su dignidad a la borda y dejó que la lástima y los agobiantes rezos ajenos secuestraran su dignidad, renunció a ser alguien para convertirse en el objeto de piedad de otros. Las palabras dejaron de pertenecerle y su voz sonaba como la de alguien más.
Cuando supo que iba a morir se entregó al melodrama como en una cursi novela donde jugaba a ser el trágico protagonista que lleva el papel de morir en su única escena de vida.
La sabia muerte esperó, como suele hacerlo. Y entonces su historia dejó de tener significado, dejo de ser una serie de reglas y deberes, consecuencias predecibles.
Y fue entonces la muerte quien poco a poco desvelando sus propios ropajes hechos del más fino hilo del olvido, bordados de rechazo, cintas de marginación y collares de discriminación vino a sentarse junto a él y le preguntó qué necesitaba, luego le llevó a la punta de un antiguo y grisáceo edificio, como esos que muestran en las trilladas películas gringas, y desde lo alto le mostró a un niño en su lúdica actividad de hacer carreteras entre el pasto de un jardín, los aviones bimotores que se dirigían al aeropuerto pasaban sobre aquel edificio y el jardín, el niño detuvo su juego, se quedó quieto como una roca,les vio a él, a la muerte y a los aviones. Los aviones seguían su camino, y fue que el niño quiso adivinar de donde vendrían, cómo serían aquellos lugares, quienes irían en esos aviones…El niño día a día entre juegos y deberes fue muriendo para que naciera el joven que se construyó y el joven a su vez fue muriendo entre agitaciones, sexo, música, desvelos y obligaciones no cumplidas para darle paso al hombre maduro y así se devino la escala del desarrollo del morir para nacer.
Pensar en la muerte le pudo parecer tétrico, fuera de lo convencional, sin embargo se daba cuenta que ahí estaba junto a él desde el mismo día en que nació acompañándole en silencio y mostrándose quizá como parte de la vida misma, ya que una no es sin la otra.
La muerte le pareció entonces todo un proceso de vida y no una simple definición como la carencia de ella, y bajo esta perspectiva la vida tampoco podría ser la carencia de la muerte. La vida para él ya no es posible ni explicable sin la muerte.
Cuando supo que iba a morir entendió mucho de las cosas más simples de la vida, comprendió el valor de la verdad y de la coherencia, el miedo dejó de ser aquel fantasma flagelante, y la libertad cobró un nuevo significado antes oculto para él.
¿Y cuándo fue que supo que iba a morir?, quizá desde el mismo momento en que la consciencia se posó en él, pero en algún momento ese pensamiento se fue a refugiar en cualquier guarida de su mente y ahora ha venido a salir de su escondrijo.
Cuando supo que se iba a morir, recordó que algo también había muerto tiempo atrás, la espontaneidad, las ilusiones y el asombro eran un lejano recuerdo de alguien que ya no era él.
Cuando supo que se iba a morir, hizo todo lo posible para que le recordaran, ya que no hay muerte más oscura que el olvido. Se sorprendió al ver que la vida es sólo un devenir de acontecimientos y momentos irrepetibles que se van de las manos, muriéndose igual que él, y que después de la muerte sólo queda el recuerdo del hecho más allá del personaje.
Cuando supo que iba a morir, decidió que había llegado la hora de ir devolviendo con sus propios rezos todo lo que le había sido prestado en esta vida…

Eduardo Sastrías

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EVOCÁNDOTE


Me tiré al pasto junto a tu lápida después de haber armado el pequeño árbol de navidad. A cada esfera me venían los recuerdos de tantos momentos y tantas charlas, las risas y las voces que tejieron tu historia…nuestra historia. Me quise aferrar al pasto como para abrazarte y sólo conseguí sollozar sobre la tierra que te cubre.
Esta ocasión he llevado a mis perritos y que me acompañaran para armar de navidad tu tumba, ¿sabes?, en su propia forma han rezado también por ti.
Una vez terminado de armar el arbolito y puestas las decoraciones me quede mirándolo como quien mira a la nada, se me antojaba adivinar quizá si dondequiera que estés lo estuvieras viendo y si te ha gustado, algunas frases te habré dicho cuando una voz me hizo salir de mi ensimismamiento – “él está feliz” me dijo una mujer que caminaba por el lugar como queriendo con sus pasos aferrarse a la idea de ese alguien que también se fue.
Yo sólo quise abrazar la tierra que te cubre y llorar por mi mismo, por las ilusiones vanas y por el frío de mi cuerpo, por la rutina que me agobia y el viento que corre y me dice que estoy solo, llorar porque se que tus bromas y nuestras risas ahora nada más pertenecen a mi memoria, llorar porque necesito sacar por mis ojos tantas ausencias que me calan y llorarme a este que soy.
Quiero dejar brotar el llanto entonces un poco, reír otro tanto y estar contigo bajo el sol escuchando la nada y tan sólo esperar…

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SIETE


Siete veces siete, siete días, siete meses, siete años…siete.
La pesada y roída túnica le cubría, siete veces siete,
su andar lento y doloroso se apoyaba en la hoz,
el filo de rayo cegador …siete veces siete me atajó.
Mis vestiduras se abrieron en llaga perenne…siete veces siete.
La falange apuntó el camino hacia la eterna prisión de mis errores.
El tiempo se detuvo en la muerte congelada y el viento se paralizó,
la luna lloraba el silencio que de la tierra se adueñó,
su grito sólo fue audible para mi…
Siete veces siete, las puertas del paraíso se cerraron.
La blanca yegua de la muerte relinchaba ante el cántico de los siete demonios.
En la punta del risco, siete veces siete… el eco del llanto de un ángel.
Siete veces siete, los caminos se perdieron en la noche apocalíptica.
Siete veces siete, siete días, siete meses, siete años…siete

Eduardo Sastrías

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CUANDO UN AMIGO SE VA

Cuando nos deja un amigo, una estrella en el firmamento se apaga; los sonidos parecen no tener más eco y los días carecen de calor. Cuando un amigo se va buscamos su sonrisa dentro de nosotros para poder seguir adelante y atrapamos su memoria para que nuestro corazón vuelva a latir.
Cuando un amigo se va comprendemos que él es uno de ángeles que Dios nos mandó para sobrellevar la vida.
Hay veces que Dios lo llama de regreso y solos nos quedamos con el tesoro que nos dejó…
Cuando un amigo se va, algo de nosotros se marcha con él.

Con tu muerte se han acabado los rumores, los rechazos y la discriminación que caían sobre ti. Atrás quedaron los medicamentos, no más tratamientos, protocolos, análisis, efectos secundarios ni infecciones oportunistas.
Se terminaron las citas médicas y los análisis de laboratorio. Se acabaron las falsas esperanzas y se apagó la constante sombra que oprime la vida. Se acabaron los desencantos y las metas no cumplidas. Desaparecieron las lágrimas y las frustraciones. Finalizaron los días precarios y de escasez, todo eso que se quedó aquí…
Con tu muerte ha terminado todo menos nuestra amistad.

En memoria de Carlos
13/11/06

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MIEDO

De súbito te hiciste presente aturdiendo
los canales de mi ser.
Amordazaste mi alma entonces vulnerable
para someterla a tu arrojo.
La quietud y el movimiento fundaron su reyerta alegórica
previa al cortejo extenuante que con tu mano asfixiaste.
Y en la cima de la colina tus brazos levantaste,
llevando en tus sienes el laurel de tu apócrifa victoria
mientras la faja ceñía el rictus de tu disfraz.

Tu patética facha hendía en mis ojos
La daga de tu cruel frenesí.
No era más yo,
tu helado aliento entró por mi boca
dejando el ocre sabor de la muerte.

Eduardo Sastrías

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VIGILIA

Has muerto…
Atrás quedó tu punzante reverberar estrellado,
has fenecido tras cerrar tus fauces imaginadas.
La mano ejecutora sucumbe ante los incisivos flagelos matutinos
y el eco de un grito lastimero has dejado al sigilo.
Tres gotas derramadas en un cáliz expiatorio sólo han permanecido en el saldo.

Un lamento convulsionado,
el taladrar de un reloj y
un vaso seco de sed
simulan risotadas diabólicas
que aturden las silentes paredes.

Has muerto noche, has muerto y
mi paciente cadáver reposa junto al tuyo.

Eduardo Sastrías

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ÉXTASIS


Un hilo de fuego dentado inscrito en tu pecho vuela al cielo.
Las blancas órbitas marcadas por el deseo se apagan.
En un segundo tu alma lucha por abandonarte
y se me hace tocarla… tan sólo por un instante rapta la mía.
El sumo vital se derrama por la herida dejada hasta vaciar dos cuerpos
que inertes en la nada han quedado, condenados en su hoguera
clamando rezos cual latidos que zumban.
A partir de entonces dos seres sin nombre lamieron sus heridas y un ángel reía.
Un corazón lacerado por el eslabón de una cadena perdida gemía.
En guerra sin tregua la pulsión desobedecía al reposo,
dando paso al suicidio de la agonía.

Eduardo Sastrías

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INEXORABLE CIRCUNSTANCIA

Por la rendija se ha derramado
una gota de lamento,
los suspiros ladran entrecortados
perdiéndose al ras de la muda banqueta.
El viento lacerante empuja las hojas
que se tropiezan y amontonan
al filo de la tarde que todo lo taja.
La sangre emana y el ulular de un grito abandonado se acerca olfateando lo que la luz de un día concebido dejó.
Las paredes libran su propia batalla, luego,
han de seguir en pie.
No hay escapatoria, todos los caminos arrastran la muert
e.

Eduardo Sastrías

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MUERTE CONGELADA



“No se puede conseguir la paz evadiendo la vida”
Virginia Woolf

– Cierra los ojos y cuenta del diez al cero lentamente
– Diez, nueve…
– Relájate y sigue contando.
– Tres, dos… uno … cero
Mi cuerpo quedaba totalmente relajado, iba entrando en un sopor profundo que me aventaba a un abismo oscuro que por segundos centellaba, los sonidos y las voces iban esfumándose hasta quedar en total quietud y silencio, un cosquilleo subía desde los dedos de mis pies hasta los hombros, luego nada.

Comencé los tratamientos que aunque detenían el avance de la enfermedad también destruían a su paso un número importante de células, mi cuerpo a grandes pasos sintió los estragos de las drogas que tenía que consumir para estar vivo, luego vinieron una serie de protocolos de nuevos medicamentos en los que participé, vinieron entonces las quimioterapias ya que había desarrollado leucemia, y finalmente la implantación de células madre, éstas últimas en un principio me hicieron recobrar casi en su totalidad mi energía y ganas de vivir pues mi estado físico se vio reforzado en gran medida, pero al poco tiempo mi sistema inmunológico sucumbió y los virus crearon cepas, la enfermedad se hizo inmune a los tratamientos, como último recurso me recomendaron participar en un nuevo proyecto experimental denominado Criogenia, no lo pensé más, vendí todo lo que poseía y como estaba estipulado en el contrato deposité el dinero en un fideicomiso que pagaría mi sueño helado así como mi eventual despertar. Desde hace años había escuchado sobre esta técnica como algo fantástico que sólo ocurría en las novelas de ciencia ficción, nunca pensé ser parte de ello.
Mi enfermedad no parece tener solución y aunque la he mantenido controlada no tengo mucho que esperar, por lo que opté dormir cincuenta años, para entonces habrá una cura que me permita seguir viviendo con plenitud.
La muerte es un proceso, no un evento, este proceso lo detendremos por un rato, cerraré mis ojos y cuando despierte habrá pasado una noche de cincuenta años.

“Abra sus ojos, Roberto, abra sus ojos”
Mi cuerpo comienza a tener cierta sensación aunque está entumecido, mis extremidades frías e inmóviles simulan pertenecer a alguien más, una luz cegadora me obligaba a cerrar de nuevo los ojos, me ponen un visor oscuro para acostumbrarme a la luminosidad de este nuevo día. Me cuesta trabajo entender lo que dicen, salir del sueño profundo resulta ser algo difícil y el letargo invade la recién ganada existencia, la garganta víctima de la resequedad me impide emitir algún sonido.

– Apúrense niños que se nos hace tarde…Mamá ¿Vas a ir o te quedas?
– Ya voy Bibiana, no encuentro el vestido que compré ayer.
– Seguro lo tiraste al “reciclador” con los demás, en el camino compramos otro.
– Ajusta la pantalla de tu “visoreloj”, no te veo.
– Ya sabes que no me gustan estos aparatos , prefiero nada más hablarte.
– Dime si vas a ir para programar el transportador que pase por ti y te lleve al “Geneario”. Ya nos debe estar esperando mi tío Juan Manuel allá.

El letargo vence mi conciencia, la realidad no es clara, opto entonces por sumergirme nuevamente en mis recuerdos.
“Cuando despiertes te estaremos esperando. Verás que te haremos una fiesta todos reunidos nuevamente”. Me habían dicho antes de mi sueño helado.
Seguro estarán todos ahí , ¿Cómo serán? ¿Qué tanto habrán cambiado? ¿Qué mundo nuevo enfrentaré? Quiero abrir los ojos y siento que mis párpados son dos bloques de concreto, mi pecho me presiona cómplice de la gravedad. Bibiana aun era una bebita cuando entré en este sueño congelado, de seguro he de tener más sobrinos nietos… ¿Habrán pasado cincuenta años o igual me han despertado antes? ¿Me dirán que mi enfermedad finalmente tiene cura o despertaré a nuevos e interminables tratamientos?.

– ¿Qué pasa doctor?, ¿Por qué no despierta?.
– El proceso es un poco lento, recuerde que es un cuerpo congelado por poco más de cincuenta años.
– Pero está bien , ¿verdad?
– Sí señora, aún falta que lo pasemos a la cámara de regeneración genética donde habrá que ver si responde al tratamiento.
– ¿Cuándo sabremos los resultados?
– Al entrar el cuerpo en la cámara primero tomamos la información genética del DNA de las células, mismas que tienen la peculiaridad de poseer una memoria propia la cual en un segundo momento reprogramamos al momento en que su tío gozaba de cabal salud.
– ¿Y eso no afectará su memoria racional?
– En lo más mínimo, su memoria racional permanecerá intacta al momento que lo congelamos, si no responde al tratamiento, lo volveremos a congelar hasta que encontremos otro tipo de cura.
Soy un cuerpo detenido en el tiempo, sólo eso un cuerpo que solía atrapar a un alma.¿A dónde habrá volado mi alma en cincuenta años? ¿Habré muerto poco a poco en la memoria de los demás? No quiero abrir los ojos, quiero volver al pasado, el tiempo se detuvo para mi pero no para el mundo, quisiera recuperar mi mundo. Me he auto secuestrado en el tiempo y ahora tendré que enfrentar lo que venga.
“Roberto, soy Juan Manuel. Roberto despierta” se escucha a lo lejos, no distingo si esa voz viene a ser producto de mi imaginación o algo real, mi cuerpo tirita, ¿será que he tocado el frío de la muerte o que la vida duele?.
“ A ver niños saluden a su tío Roberto”… “Roberto, estoy con Jean y Gerard, son mis nietos, son gemelos como tú” .
¿Jean y Gerard, pues dónde estoy? , quisiera poder abrir los ojos para verlos, comprender este sueño que se me confunde con la realidad. Saber qué ha pasado en tanto tiempo. Mi cuerpo ha recobrado el calor, pero la debilidad me aprisiona. Y me vence un nuevo sueño cálido.

Un sonido metálico me despierta de aquél profundo sueño, de nuevo una luz invade mis ojos.
“ Ha sido todo un éxito, no queda resquicio de enfermedad en este cuerpo, esta misma tarde lo daremos de alta, aprovechamos para modificar en su código genético su adicción al tabaco”

Me llevan a un cuarto que tiene una luz especial, muy confortante, y en mis brazos observo varios parches parecidos a cojinetes, luego me han dicho que eso sustituye a lo que en el pasado eran los sueros y demás sondas.
La puerta se abre y entra un señor ya mayor , con barba blanca algo calvo y un tanto robusto, parece de unos setenta años.
– ¿Qué tal Roberto?
Su voz me es conocida pero se me dificulta relacionar esa voz con alguien en mi memoria.
– Soy Juan Manuel
– ¿Juan Manuel? ¡Uy Dios si qué ha pasado el tiempo!
– Ya soy abuelo de cuatro nietos, un par de gemelos de mi hija Maya y dos niñas, una hija de Joshkua y otra hija de mi hijo menor Jofra.
– ¿Jofra, qué nombre es ese?
-Es la apócope de José Francisco. Mi hija Maya vive en Francia y mandaron a sus gemelos de vacaciones con nosotros este verano…
La puerta de la habitación se abre y entran tres muchachos junto con una mujer de cara redonda, medio regordeta, quien viene acompañada por una mujer entrada en años de pelo ensortijado y recogido como viva imagen de principios el siglo XX.
La mujer mayor aún con voz jovial me llama por mi nombre.
-¿Quién eres? Le pregunto intrigado.
– Soy Lourdes tu sobrina y ella es Bibiana mi hija con sus tres hijos.
– ¿Qué año es este? ¿Qué edad ya tienes Bibiana? Pregunto aturdido por la sorpresa y la novedad.
– Tengo cincuenta años, tenía muchas ganas de conocerte; mi mamá me ha platicado mucho de ti.
– ¿Y estos jovencitos?
– Son mis hijos “Panterita” que se llama Jacobo como su abuelo, José Ramón y Luis Alberto… A ver niños saluden a su tío.
Con cierta incomodidad y corte los jóvenes sólo emiten a coro un “hola”.
– ¡Ay qué muchachos tan grandes!, ¿Qué edad tienen?
– Jacobo tiene veinticinco, José Ramón veintitrés y Luis Alberto dieciocho.
Me cuesta trabajo ubicar la relación con esa familia que he perdido. Nunca vi como creció Bibiana, sus primeros pasos, sus primeras palabras, su vida de niña a adolescente, su matrimonio, sus inquietudes, su vivaz juventud, todo eso sucedió mientras yo dormía. ¿Cuántos niños más habrá en esta familia que nacieron y crecieron durante mi muerte congelada?

Mis músculos nuevamente están firmes, mi cuerpo en general se asemeja al de una persona de treinta años, edad en la que me encontraba pleno de salud. Uno a uno van llegando toda esa gente desconocida para mi y se van presentando como el nieto de tal o cual sobrino. Miguel, Andrés, Juan Pablo, Myriam, Patricia, Fernanda, Antonio, Paulina, nombres y nombres, caras nuevas que me son del todo ajenas, y en cuyas vidas yo sólo soy un evento de domingo. ¿Dónde estarán mis hermanos, mis amigos? Mi historia no quedó congelada sino que ha muerto. Me siento un intruso en esta casa que no es mía y mi vida parece tener que volverse a escribir.
– Cierra tus ojos Roberto , te hemos preparado una sorpresa. Me dice Juan Manuel.
De nuevo he vuelto a cerrar los ojos pensando que todo esto es un sueño y que al abrirlos retomaré mi historia, mis penas, mis dolores, mis sufrimientos y hasta la enfermedad que al fin y al cabo será algo mío.
Alguien ha posado en mis piernas un pequeño bulto peludo que se mueve y lame mis manos. No lo puedo creer, mi corazón de nuevo arroja todo un torrente de sangre por mi cuerpo y la piel se me eriza, abro de inmediato los ojos para constatar con una mirada acuosa lo que han puesto en mi regazo.
– Ya los puedes abrir
– ¡Lola, Lola, Lola, Lola mi amor!” digo sollozando mientras abrazo a mi peludita perra.
-Al congelarte pensamos que sería bueno también hacer lo mismo con Lola tu perrita para que al despertar siguieran los dos juntos.
Entre ladridos de gusto y sollozos Lola y yo nos volvimos a reunir. Algo de mi pasado ha permanecido para apoyarme. Todo se desvanece y solos quedamos Lola y yo, sin palabras como antes, ella percibe mis pensamientos y sentimientos así como yo los de ella, es tan dulce sentir su lengüita lamiéndome las manos, mi alma ha renacido.

Días después Juan Manuel me lleva a reconocer la ciudad, caminamos a través de veredas que separan las grandes extensiones de pasto y árboles, no veo muchas casas, alguno que otro edificio y comercio, casi no hay gente, y el cielo encierra un gran silencio que rompe Juan Manuel.
– Tus hermanos decidieron morir cuando la enfermedad les llegó, mi papá murió de un infarto fulminante y mi mamá lo sobrevivió cinco años, había desarrollado un cáncer de colon , por más que le dije que si la congelábamos, ella decía que su tiempo había terminado, qué solo le quitáramos el dolor. Mi tía Raquel murió en un accidente de auto, no sufrió al parecer; mi tío Mariano tuvo una embolia y a los diez días falleció; mi tía Laura fue de las primeras en morir le dio un derrame cerebral mientras cocinaba; mi tía Carla después de que falleció su marido se refugió en una comunidad de aborígenes en Australia y ahí permaneció hasta su muerte practicando la medicina y las artes primitivas y mi tío Arturo fue el último, de hecho estaba indeciso en congelarse y despertar cuando tu fueras descongelado, pero ya estaba igual de viejo que yo, muy achacoso, decía que este mundo ya no era lo que fue, por lo que se fue yendo como pajarito.
Mis demás primos y hermanos a excepción de Lourdes se encuentran congelados también, es por eso que sólo conociste a sus hijos y nietos, de hecho hoy en día la gente sólo vive treinta años y se congela para continuar en otro tiempo donde haya cura para casi todas las enfermedades y vacunas contra los nuevos virus que han aparecido.
Detrás de los árboles vislumbro algo semejante a mausoleos que se prolongan por todo el camino.
– ¿Qué son esos mausoleos? ¿Tanta gente ha muerto?
– No, de hecho tú estabas en uno de ellos, ahí ponemos a la gente cuando está ya congelada, son refrigeradores por así decirlo en términos del pasado, les llamamos “NBP’S” que viene de la palabra “Nitro preservers”. La población mayor de treinta años que así lo decide, entra al centro de Criogenia y de ahí pasa a estos lugares.

Un holograma de una enfermera se posó frente a Juan Manuel… “Doctor urge su presencia en el hospital, el transportador ya está por usted”
– Me tengo que ir. Para regresar sólo toma la misma vereda en sentido opuesto.
Al momento baja del cielo una especie de helicóptero sin aspas, Juan Manuel lo aborda y se va dentro de ese vehículo. Lola y yo seguimos nuestro camino hasta encontrar una banca y sentarnos, desde ahí se pueden apreciar todos aquellos mausoleos rodeados de campo.
De nuevo el silencio congela la soledad del ambiente, Lola sentadita a mis pies levanta sus orejitas y es entonces que nos quedamos mirando a los ojos.

Eduardo Sastrías

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