Archivo mensual: enero 2009

AÑO OCHO / LA SENTENCIA


Tocan con demasiada insistencia, el ladrido de mis perros me despierta del letargo en el que me encuentro, tiro las sábanas y me dirijo a la puerta que con tanta lata suena. El agobiante calor y el viento que se ha cansado de soplar provocan la resequedad en mi boca y el pegajoso sudor de mi cuerpo. Los perros siguen en su inquieto afán ladrando y olfateando hacia el filo de la puerta.
-¿Quién?, pregunto .Y se hace un silencio. Vuelvo a preguntar mientras por mi mente pasa toda clase de ideas que me impiden abrir de inmediato esa puerta.
Al querer tomar la perilla de la cerradura mi mano se desvanece como humo sin poderla asir. Aún hay algo de luz que alumbra la estancia, el reloj marca las siete de la noche. ¿Qué hago yo dormido a esa hora? ¿Estaría tomando una siesta? No lo recuerdo, ¿qué día es? Mi mente se ha puesto en blanco, el constante toqueteo de la puerta también ha cesado, luego de aquél silencio que se rompe con el murmullo galopante de unos rezos, alguien llora y por el quicio de la puerta se filtra un olor a incienso, a nardos.
Dos de mayo del dos mil, quinto mes del nuevo siglo, un siglo que viene cargado de esperanzas y de buenas intenciones, esas mismas que van directo al infierno. Esa es la fecha del periódico sobre la mesa. El reloj se ha detenido a las siete de la tarde con trece minutos, de seguro estoy soñando y no puedo despertarme, pero no es así, nunca he estado más despierto que antes, los sonidos, los olores, las sensaciones, el calor de mi cuerpo, el revolotear de una mosca, todo es tan real como la imposibilidad de abrir esa puerta.
Años han pasado de aquél primer extraño suceso que se repite todas las tardes a esa exacta hora, todo se desvanece, nada tiene valor y de nuevo aquellos rezos que se mezclan con el humo del incienso y el olor de los nardos. Decido por un tiempo no estar en casa a esa hora, así evito ese demente evento, me quedo entonces más tiempo en la oficina o paso por un café o simplemente me quedo en el auto afuera frente a la casa hasta que pasa la hora fatídica.
Pero ha sido inútil, tan pronto llega la hora, de nuevo me veo encerrado en casa y mis manos desvaneciéndose al querer abrir la puerta, la escena es la misma sin tener la mínima diferencia en la hora, la fecha, el lugar; aun cuando ya me he mudado de casa dos veces, de nada sirve . Ya han pasado ocho años con cada uno de sus días desde aquella primera experiencia que se ha venido repitiendo día con día, a tal grado que me he acostumbrado a la idea de que a la misma hora vendrán los rezos, el olor a parafina con el incienso y los nardos, el tiempo que no sólo se detiene sino que retrocede y ya no trato de salir, ya no hago nada, he querido averiguar qué es lo que me quiere decir ese evento extraño; he dejado de poner resistencia, y me he dejado llevar, sin embargo algo me dice que un buen día no habrá camino de regreso y que todo quedará estático, sellado y en silencio…
La clave debe estar en aquel sobre que llegó a mis manos aquel día, lo abro y el tiempo se detiene, mi corazón no ocupa más mi cuerpo, es como si hubiera quedado atrapado en ese sobre. Por más que lo he buscado no aparece, quizá en algún momento fue a dar a la basura, lo han incinerado y son ahora sus cenizas las que vienen a visitarme cada tarde. La puerta ha quedado cerrada, el susurro de los rezos ha comenzado… Requiescat in pace– así sea.

Eduardo Sastrías

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LA ÚLTIMA MUERTE

Cuando supo que iba a morir paradójicamente ya se había dado por muerto. Había muerto al perder toda ilusión y dejar de sonreír.
Tiró su dignidad a la borda y dejó que la lástima y los agobiantes rezos ajenos secuestraran su dignidad, renunció a ser alguien para convertirse en el objeto de piedad de otros. Las palabras dejaron de pertenecerle y su voz sonaba como la de alguien más.
Cuando supo que iba a morir se entregó al melodrama como en una cursi novela donde jugaba a ser el trágico protagonista que lleva el papel de morir en su única escena de vida.
La sabia muerte esperó, como suele hacerlo. Y entonces su historia dejó de tener significado, dejo de ser una serie de reglas y deberes, consecuencias predecibles.
Y fue entonces la muerte quien poco a poco desvelando sus propios ropajes hechos del más fino hilo del olvido, bordados de rechazo, cintas de marginación y collares de discriminación vino a sentarse junto a él y le preguntó qué necesitaba, luego le llevó a la punta de un antiguo y grisáceo edificio, como esos que muestran en las trilladas películas gringas, y desde lo alto le mostró a un niño en su lúdica actividad de hacer carreteras entre el pasto de un jardín, los aviones bimotores que se dirigían al aeropuerto pasaban sobre aquel edificio y el jardín, el niño detuvo su juego, se quedó quieto como una roca,les vio a él, a la muerte y a los aviones. Los aviones seguían su camino, y fue que el niño quiso adivinar de donde vendrían, cómo serían aquellos lugares, quienes irían en esos aviones…El niño día a día entre juegos y deberes fue muriendo para que naciera el joven que se construyó y el joven a su vez fue muriendo entre agitaciones, sexo, música, desvelos y obligaciones no cumplidas para darle paso al hombre maduro y así se devino la escala del desarrollo del morir para nacer.
Pensar en la muerte le pudo parecer tétrico, fuera de lo convencional, sin embargo se daba cuenta que ahí estaba junto a él desde el mismo día en que nació acompañándole en silencio y mostrándose quizá como parte de la vida misma, ya que una no es sin la otra.
La muerte le pareció entonces todo un proceso de vida y no una simple definición como la carencia de ella, y bajo esta perspectiva la vida tampoco podría ser la carencia de la muerte. La vida para él ya no es posible ni explicable sin la muerte.
Cuando supo que iba a morir entendió mucho de las cosas más simples de la vida, comprendió el valor de la verdad y de la coherencia, el miedo dejó de ser aquel fantasma flagelante, y la libertad cobró un nuevo significado antes oculto para él.
¿Y cuándo fue que supo que iba a morir?, quizá desde el mismo momento en que la consciencia se posó en él, pero en algún momento ese pensamiento se fue a refugiar en cualquier guarida de su mente y ahora ha venido a salir de su escondrijo.
Cuando supo que se iba a morir, recordó que algo también había muerto tiempo atrás, la espontaneidad, las ilusiones y el asombro eran un lejano recuerdo de alguien que ya no era él.
Cuando supo que se iba a morir, hizo todo lo posible para que le recordaran, ya que no hay muerte más oscura que el olvido. Se sorprendió al ver que la vida es sólo un devenir de acontecimientos y momentos irrepetibles que se van de las manos, muriéndose igual que él, y que después de la muerte sólo queda el recuerdo del hecho más allá del personaje.
Cuando supo que iba a morir, decidió que había llegado la hora de ir devolviendo con sus propios rezos todo lo que le había sido prestado en esta vida…

Eduardo Sastrías

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EVOCÁNDOTE


Me tiré al pasto junto a tu lápida después de haber armado el pequeño árbol de navidad. A cada esfera me venían los recuerdos de tantos momentos y tantas charlas, las risas y las voces que tejieron tu historia…nuestra historia. Me quise aferrar al pasto como para abrazarte y sólo conseguí sollozar sobre la tierra que te cubre.
Esta ocasión he llevado a mis perritos y que me acompañaran para armar de navidad tu tumba, ¿sabes?, en su propia forma han rezado también por ti.
Una vez terminado de armar el arbolito y puestas las decoraciones me quede mirándolo como quien mira a la nada, se me antojaba adivinar quizá si dondequiera que estés lo estuvieras viendo y si te ha gustado, algunas frases te habré dicho cuando una voz me hizo salir de mi ensimismamiento – “él está feliz” me dijo una mujer que caminaba por el lugar como queriendo con sus pasos aferrarse a la idea de ese alguien que también se fue.
Yo sólo quise abrazar la tierra que te cubre y llorar por mi mismo, por las ilusiones vanas y por el frío de mi cuerpo, por la rutina que me agobia y el viento que corre y me dice que estoy solo, llorar porque se que tus bromas y nuestras risas ahora nada más pertenecen a mi memoria, llorar porque necesito sacar por mis ojos tantas ausencias que me calan y llorarme a este que soy.
Quiero dejar brotar el llanto entonces un poco, reír otro tanto y estar contigo bajo el sol escuchando la nada y tan sólo esperar…

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SIETE


Siete veces siete, siete días, siete meses, siete años…siete.
La pesada y roída túnica le cubría, siete veces siete,
su andar lento y doloroso se apoyaba en la hoz,
el filo de rayo cegador …siete veces siete me atajó.
Mis vestiduras se abrieron en llaga perenne…siete veces siete.
La falange apuntó el camino hacia la eterna prisión de mis errores.
El tiempo se detuvo en la muerte congelada y el viento se paralizó,
la luna lloraba el silencio que de la tierra se adueñó,
su grito sólo fue audible para mi…
Siete veces siete, las puertas del paraíso se cerraron.
La blanca yegua de la muerte relinchaba ante el cántico de los siete demonios.
En la punta del risco, siete veces siete… el eco del llanto de un ángel.
Siete veces siete, los caminos se perdieron en la noche apocalíptica.
Siete veces siete, siete días, siete meses, siete años…siete

Eduardo Sastrías

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CUANDO UN AMIGO SE VA

Cuando nos deja un amigo, una estrella en el firmamento se apaga; los sonidos parecen no tener más eco y los días carecen de calor. Cuando un amigo se va buscamos su sonrisa dentro de nosotros para poder seguir adelante y atrapamos su memoria para que nuestro corazón vuelva a latir.
Cuando un amigo se va comprendemos que él es uno de ángeles que Dios nos mandó para sobrellevar la vida.
Hay veces que Dios lo llama de regreso y solos nos quedamos con el tesoro que nos dejó…
Cuando un amigo se va, algo de nosotros se marcha con él.

Con tu muerte se han acabado los rumores, los rechazos y la discriminación que caían sobre ti. Atrás quedaron los medicamentos, no más tratamientos, protocolos, análisis, efectos secundarios ni infecciones oportunistas.
Se terminaron las citas médicas y los análisis de laboratorio. Se acabaron las falsas esperanzas y se apagó la constante sombra que oprime la vida. Se acabaron los desencantos y las metas no cumplidas. Desaparecieron las lágrimas y las frustraciones. Finalizaron los días precarios y de escasez, todo eso que se quedó aquí…
Con tu muerte ha terminado todo menos nuestra amistad.

En memoria de Carlos
13/11/06

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MIEDO

De súbito te hiciste presente aturdiendo
los canales de mi ser.
Amordazaste mi alma entonces vulnerable
para someterla a tu arrojo.
La quietud y el movimiento fundaron su reyerta alegórica
previa al cortejo extenuante que con tu mano asfixiaste.
Y en la cima de la colina tus brazos levantaste,
llevando en tus sienes el laurel de tu apócrifa victoria
mientras la faja ceñía el rictus de tu disfraz.

Tu patética facha hendía en mis ojos
La daga de tu cruel frenesí.
No era más yo,
tu helado aliento entró por mi boca
dejando el ocre sabor de la muerte.

Eduardo Sastrías

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VIGILIA

Has muerto…
Atrás quedó tu punzante reverberar estrellado,
has fenecido tras cerrar tus fauces imaginadas.
La mano ejecutora sucumbe ante los incisivos flagelos matutinos
y el eco de un grito lastimero has dejado al sigilo.
Tres gotas derramadas en un cáliz expiatorio sólo han permanecido en el saldo.

Un lamento convulsionado,
el taladrar de un reloj y
un vaso seco de sed
simulan risotadas diabólicas
que aturden las silentes paredes.

Has muerto noche, has muerto y
mi paciente cadáver reposa junto al tuyo.

Eduardo Sastrías

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