LA ÚLTIMA MUERTE


Cuando supo que iba a morir paradójicamente ya se había dado por muerto. Había muerto al perder toda ilusión y dejar de sonreír.
Tiró su dignidad a la borda y dejó que la lástima y los agobiantes rezos ajenos secuestraran su dignidad, renunció a ser alguien para convertirse en el objeto de piedad de otros. Las palabras dejaron de pertenecerle y su voz sonaba como la de alguien más.
Cuando supo que iba a morir se entregó al melodrama como en una cursi novela donde jugaba a ser el trágico protagonista que lleva el papel de morir en su única escena de vida.
La sabia muerte esperó, como suele hacerlo. Y entonces su historia dejó de tener significado, dejo de ser una serie de reglas y deberes, consecuencias predecibles.
Y fue entonces la muerte quien poco a poco desvelando sus propios ropajes hechos del más fino hilo del olvido, bordados de rechazo, cintas de marginación y collares de discriminación vino a sentarse junto a él y le preguntó qué necesitaba, luego le llevó a la punta de un antiguo y grisáceo edificio, como esos que muestran en las trilladas películas gringas, y desde lo alto le mostró a un niño en su lúdica actividad de hacer carreteras entre el pasto de un jardín, los aviones bimotores que se dirigían al aeropuerto pasaban sobre aquel edificio y el jardín, el niño detuvo su juego, se quedó quieto como una roca,les vio a él, a la muerte y a los aviones. Los aviones seguían su camino, y fue que el niño quiso adivinar de donde vendrían, cómo serían aquellos lugares, quienes irían en esos aviones…El niño día a día entre juegos y deberes fue muriendo para que naciera el joven que se construyó y el joven a su vez fue muriendo entre agitaciones, sexo, música, desvelos y obligaciones no cumplidas para darle paso al hombre maduro y así se devino la escala del desarrollo del morir para nacer.
Pensar en la muerte le pudo parecer tétrico, fuera de lo convencional, sin embargo se daba cuenta que ahí estaba junto a él desde el mismo día en que nació acompañándole en silencio y mostrándose quizá como parte de la vida misma, ya que una no es sin la otra.
La muerte le pareció entonces todo un proceso de vida y no una simple definición como la carencia de ella, y bajo esta perspectiva la vida tampoco podría ser la carencia de la muerte. La vida para él ya no es posible ni explicable sin la muerte.
Cuando supo que iba a morir entendió mucho de las cosas más simples de la vida, comprendió el valor de la verdad y de la coherencia, el miedo dejó de ser aquel fantasma flagelante, y la libertad cobró un nuevo significado antes oculto para él.
¿Y cuándo fue que supo que iba a morir?, quizá desde el mismo momento en que la consciencia se posó en él, pero en algún momento ese pensamiento se fue a refugiar en cualquier guarida de su mente y ahora ha venido a salir de su escondrijo.
Cuando supo que se iba a morir, recordó que algo también había muerto tiempo atrás, la espontaneidad, las ilusiones y el asombro eran un lejano recuerdo de alguien que ya no era él.
Cuando supo que se iba a morir, hizo todo lo posible para que le recordaran, ya que no hay muerte más oscura que el olvido. Se sorprendió al ver que la vida es sólo un devenir de acontecimientos y momentos irrepetibles que se van de las manos, muriéndose igual que él, y que después de la muerte sólo queda el recuerdo del hecho más allá del personaje.
Cuando supo que iba a morir, decidió que había llegado la hora de ir devolviendo con sus propios rezos todo lo que le había sido prestado en esta vida…

Eduardo Sastrías

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