MUERTE CONGELADA




“No se puede conseguir la paz evadiendo la vida”
Virginia Woolf

– Cierra los ojos y cuenta del diez al cero lentamente
– Diez, nueve…
– Relájate y sigue contando.
– Tres, dos… uno … cero
Mi cuerpo quedaba totalmente relajado, iba entrando en un sopor profundo que me aventaba a un abismo oscuro que por segundos centellaba, los sonidos y las voces iban esfumándose hasta quedar en total quietud y silencio, un cosquilleo subía desde los dedos de mis pies hasta los hombros, luego nada.

Comencé los tratamientos que aunque detenían el avance de la enfermedad también destruían a su paso un número importante de células, mi cuerpo a grandes pasos sintió los estragos de las drogas que tenía que consumir para estar vivo, luego vinieron una serie de protocolos de nuevos medicamentos en los que participé, vinieron entonces las quimioterapias ya que había desarrollado leucemia, y finalmente la implantación de células madre, éstas últimas en un principio me hicieron recobrar casi en su totalidad mi energía y ganas de vivir pues mi estado físico se vio reforzado en gran medida, pero al poco tiempo mi sistema inmunológico sucumbió y los virus crearon cepas, la enfermedad se hizo inmune a los tratamientos, como último recurso me recomendaron participar en un nuevo proyecto experimental denominado Criogenia, no lo pensé más, vendí todo lo que poseía y como estaba estipulado en el contrato deposité el dinero en un fideicomiso que pagaría mi sueño helado así como mi eventual despertar. Desde hace años había escuchado sobre esta técnica como algo fantástico que sólo ocurría en las novelas de ciencia ficción, nunca pensé ser parte de ello.
Mi enfermedad no parece tener solución y aunque la he mantenido controlada no tengo mucho que esperar, por lo que opté dormir cincuenta años, para entonces habrá una cura que me permita seguir viviendo con plenitud.
La muerte es un proceso, no un evento, este proceso lo detendremos por un rato, cerraré mis ojos y cuando despierte habrá pasado una noche de cincuenta años.

“Abra sus ojos, Roberto, abra sus ojos”
Mi cuerpo comienza a tener cierta sensación aunque está entumecido, mis extremidades frías e inmóviles simulan pertenecer a alguien más, una luz cegadora me obligaba a cerrar de nuevo los ojos, me ponen un visor oscuro para acostumbrarme a la luminosidad de este nuevo día. Me cuesta trabajo entender lo que dicen, salir del sueño profundo resulta ser algo difícil y el letargo invade la recién ganada existencia, la garganta víctima de la resequedad me impide emitir algún sonido.

– Apúrense niños que se nos hace tarde…Mamá ¿Vas a ir o te quedas?
– Ya voy Bibiana, no encuentro el vestido que compré ayer.
– Seguro lo tiraste al “reciclador” con los demás, en el camino compramos otro.
– Ajusta la pantalla de tu “visoreloj”, no te veo.
– Ya sabes que no me gustan estos aparatos , prefiero nada más hablarte.
– Dime si vas a ir para programar el transportador que pase por ti y te lleve al “Geneario”. Ya nos debe estar esperando mi tío Juan Manuel allá.

El letargo vence mi conciencia, la realidad no es clara, opto entonces por sumergirme nuevamente en mis recuerdos.
“Cuando despiertes te estaremos esperando. Verás que te haremos una fiesta todos reunidos nuevamente”. Me habían dicho antes de mi sueño helado.
Seguro estarán todos ahí , ¿Cómo serán? ¿Qué tanto habrán cambiado? ¿Qué mundo nuevo enfrentaré? Quiero abrir los ojos y siento que mis párpados son dos bloques de concreto, mi pecho me presiona cómplice de la gravedad. Bibiana aun era una bebita cuando entré en este sueño congelado, de seguro he de tener más sobrinos nietos… ¿Habrán pasado cincuenta años o igual me han despertado antes? ¿Me dirán que mi enfermedad finalmente tiene cura o despertaré a nuevos e interminables tratamientos?.

– ¿Qué pasa doctor?, ¿Por qué no despierta?.
– El proceso es un poco lento, recuerde que es un cuerpo congelado por poco más de cincuenta años.
– Pero está bien , ¿verdad?
– Sí señora, aún falta que lo pasemos a la cámara de regeneración genética donde habrá que ver si responde al tratamiento.
– ¿Cuándo sabremos los resultados?
– Al entrar el cuerpo en la cámara primero tomamos la información genética del DNA de las células, mismas que tienen la peculiaridad de poseer una memoria propia la cual en un segundo momento reprogramamos al momento en que su tío gozaba de cabal salud.
– ¿Y eso no afectará su memoria racional?
– En lo más mínimo, su memoria racional permanecerá intacta al momento que lo congelamos, si no responde al tratamiento, lo volveremos a congelar hasta que encontremos otro tipo de cura.
Soy un cuerpo detenido en el tiempo, sólo eso un cuerpo que solía atrapar a un alma.¿A dónde habrá volado mi alma en cincuenta años? ¿Habré muerto poco a poco en la memoria de los demás? No quiero abrir los ojos, quiero volver al pasado, el tiempo se detuvo para mi pero no para el mundo, quisiera recuperar mi mundo. Me he auto secuestrado en el tiempo y ahora tendré que enfrentar lo que venga.
“Roberto, soy Juan Manuel. Roberto despierta” se escucha a lo lejos, no distingo si esa voz viene a ser producto de mi imaginación o algo real, mi cuerpo tirita, ¿será que he tocado el frío de la muerte o que la vida duele?.
“ A ver niños saluden a su tío Roberto”… “Roberto, estoy con Jean y Gerard, son mis nietos, son gemelos como tú” .
¿Jean y Gerard, pues dónde estoy? , quisiera poder abrir los ojos para verlos, comprender este sueño que se me confunde con la realidad. Saber qué ha pasado en tanto tiempo. Mi cuerpo ha recobrado el calor, pero la debilidad me aprisiona. Y me vence un nuevo sueño cálido.

Un sonido metálico me despierta de aquél profundo sueño, de nuevo una luz invade mis ojos.
“ Ha sido todo un éxito, no queda resquicio de enfermedad en este cuerpo, esta misma tarde lo daremos de alta, aprovechamos para modificar en su código genético su adicción al tabaco”

Me llevan a un cuarto que tiene una luz especial, muy confortante, y en mis brazos observo varios parches parecidos a cojinetes, luego me han dicho que eso sustituye a lo que en el pasado eran los sueros y demás sondas.
La puerta se abre y entra un señor ya mayor , con barba blanca algo calvo y un tanto robusto, parece de unos setenta años.
– ¿Qué tal Roberto?
Su voz me es conocida pero se me dificulta relacionar esa voz con alguien en mi memoria.
– Soy Juan Manuel
– ¿Juan Manuel? ¡Uy Dios si qué ha pasado el tiempo!
– Ya soy abuelo de cuatro nietos, un par de gemelos de mi hija Maya y dos niñas, una hija de Joshkua y otra hija de mi hijo menor Jofra.
– ¿Jofra, qué nombre es ese?
-Es la apócope de José Francisco. Mi hija Maya vive en Francia y mandaron a sus gemelos de vacaciones con nosotros este verano…
La puerta de la habitación se abre y entran tres muchachos junto con una mujer de cara redonda, medio regordeta, quien viene acompañada por una mujer entrada en años de pelo ensortijado y recogido como viva imagen de principios el siglo XX.
La mujer mayor aún con voz jovial me llama por mi nombre.
-¿Quién eres? Le pregunto intrigado.
– Soy Lourdes tu sobrina y ella es Bibiana mi hija con sus tres hijos.
– ¿Qué año es este? ¿Qué edad ya tienes Bibiana? Pregunto aturdido por la sorpresa y la novedad.
– Tengo cincuenta años, tenía muchas ganas de conocerte; mi mamá me ha platicado mucho de ti.
– ¿Y estos jovencitos?
– Son mis hijos “Panterita” que se llama Jacobo como su abuelo, José Ramón y Luis Alberto… A ver niños saluden a su tío.
Con cierta incomodidad y corte los jóvenes sólo emiten a coro un “hola”.
– ¡Ay qué muchachos tan grandes!, ¿Qué edad tienen?
– Jacobo tiene veinticinco, José Ramón veintitrés y Luis Alberto dieciocho.
Me cuesta trabajo ubicar la relación con esa familia que he perdido. Nunca vi como creció Bibiana, sus primeros pasos, sus primeras palabras, su vida de niña a adolescente, su matrimonio, sus inquietudes, su vivaz juventud, todo eso sucedió mientras yo dormía. ¿Cuántos niños más habrá en esta familia que nacieron y crecieron durante mi muerte congelada?

Mis músculos nuevamente están firmes, mi cuerpo en general se asemeja al de una persona de treinta años, edad en la que me encontraba pleno de salud. Uno a uno van llegando toda esa gente desconocida para mi y se van presentando como el nieto de tal o cual sobrino. Miguel, Andrés, Juan Pablo, Myriam, Patricia, Fernanda, Antonio, Paulina, nombres y nombres, caras nuevas que me son del todo ajenas, y en cuyas vidas yo sólo soy un evento de domingo. ¿Dónde estarán mis hermanos, mis amigos? Mi historia no quedó congelada sino que ha muerto. Me siento un intruso en esta casa que no es mía y mi vida parece tener que volverse a escribir.
– Cierra tus ojos Roberto , te hemos preparado una sorpresa. Me dice Juan Manuel.
De nuevo he vuelto a cerrar los ojos pensando que todo esto es un sueño y que al abrirlos retomaré mi historia, mis penas, mis dolores, mis sufrimientos y hasta la enfermedad que al fin y al cabo será algo mío.
Alguien ha posado en mis piernas un pequeño bulto peludo que se mueve y lame mis manos. No lo puedo creer, mi corazón de nuevo arroja todo un torrente de sangre por mi cuerpo y la piel se me eriza, abro de inmediato los ojos para constatar con una mirada acuosa lo que han puesto en mi regazo.
– Ya los puedes abrir
– ¡Lola, Lola, Lola, Lola mi amor!” digo sollozando mientras abrazo a mi peludita perra.
-Al congelarte pensamos que sería bueno también hacer lo mismo con Lola tu perrita para que al despertar siguieran los dos juntos.
Entre ladridos de gusto y sollozos Lola y yo nos volvimos a reunir. Algo de mi pasado ha permanecido para apoyarme. Todo se desvanece y solos quedamos Lola y yo, sin palabras como antes, ella percibe mis pensamientos y sentimientos así como yo los de ella, es tan dulce sentir su lengüita lamiéndome las manos, mi alma ha renacido.

Días después Juan Manuel me lleva a reconocer la ciudad, caminamos a través de veredas que separan las grandes extensiones de pasto y árboles, no veo muchas casas, alguno que otro edificio y comercio, casi no hay gente, y el cielo encierra un gran silencio que rompe Juan Manuel.
– Tus hermanos decidieron morir cuando la enfermedad les llegó, mi papá murió de un infarto fulminante y mi mamá lo sobrevivió cinco años, había desarrollado un cáncer de colon , por más que le dije que si la congelábamos, ella decía que su tiempo había terminado, qué solo le quitáramos el dolor. Mi tía Raquel murió en un accidente de auto, no sufrió al parecer; mi tío Mariano tuvo una embolia y a los diez días falleció; mi tía Laura fue de las primeras en morir le dio un derrame cerebral mientras cocinaba; mi tía Carla después de que falleció su marido se refugió en una comunidad de aborígenes en Australia y ahí permaneció hasta su muerte practicando la medicina y las artes primitivas y mi tío Arturo fue el último, de hecho estaba indeciso en congelarse y despertar cuando tu fueras descongelado, pero ya estaba igual de viejo que yo, muy achacoso, decía que este mundo ya no era lo que fue, por lo que se fue yendo como pajarito.
Mis demás primos y hermanos a excepción de Lourdes se encuentran congelados también, es por eso que sólo conociste a sus hijos y nietos, de hecho hoy en día la gente sólo vive treinta años y se congela para continuar en otro tiempo donde haya cura para casi todas las enfermedades y vacunas contra los nuevos virus que han aparecido.
Detrás de los árboles vislumbro algo semejante a mausoleos que se prolongan por todo el camino.
– ¿Qué son esos mausoleos? ¿Tanta gente ha muerto?
– No, de hecho tú estabas en uno de ellos, ahí ponemos a la gente cuando está ya congelada, son refrigeradores por así decirlo en términos del pasado, les llamamos “NBP’S” que viene de la palabra “Nitro preservers”. La población mayor de treinta años que así lo decide, entra al centro de Criogenia y de ahí pasa a estos lugares.

Un holograma de una enfermera se posó frente a Juan Manuel… “Doctor urge su presencia en el hospital, el transportador ya está por usted”
– Me tengo que ir. Para regresar sólo toma la misma vereda en sentido opuesto.
Al momento baja del cielo una especie de helicóptero sin aspas, Juan Manuel lo aborda y se va dentro de ese vehículo. Lola y yo seguimos nuestro camino hasta encontrar una banca y sentarnos, desde ahí se pueden apreciar todos aquellos mausoleos rodeados de campo.
De nuevo el silencio congela la soledad del ambiente, Lola sentadita a mis pies levanta sus orejitas y es entonces que nos quedamos mirando a los ojos.

Eduardo Sastrías

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