Archivo mensual: agosto 2009

ARROZ A LA MOSTAZA

La lluvia cesó dejando a su paso un aroma en el aire a plantas que respiran y calles que se evaporan, cierto silencio acompañaba la comparsa de las últimas gotas rezagadas. La electricidad se había cortado por el viento que azotó los cables, es así que una vela parecía ser más que una compañera un mudo testigo de aquél momento.
Sin poder leer, ni ver televisión, ni conectarme a Internet, ni escuchar música, porque aquí no hay tanta tecnología que rete a un apagón, no me quedó más remedio que ponerme a charlar conmigo mismo.
Las caras de amigos y parientes recorrían la oscuridad celebrando una tertulia llena de diálogos fantasmales que me susurraban al oído su versión de cómo han cambiado las cosas en tan poco tiempo, cómo la tecnología ha simplificado todo menos los problemas que al contrario se han engrandecido y complicado.
Un mundo caótico, sin duda, un mundo lleno de gente heterogénea que parecería estar perdida en el mar de reglas, medidas, normas, dictámenes, edictos, leyes, que más que definirlo lo segregan.
Qué pasó, le preguntaba a mis fantasmas, cuándo cambio todo, que no me di cuenta, cuándo dejó de tener valor nuestra palabra, cuándo nos comenzamos a comer unos a otros, cuándo nos secuestró la ignorancia y la vulgaridad…
El viento se abre paso entre las persianas y las cortinas como un brazo extensible que me atrapa y que a su paso extingue la tenue llama de la vela. El pasado se desmorona en mis manos y nada lo detiene, los recuerdos se vician y me engañan, todo es oscuridad, busco con que encender la vela, a tientas mis dedos recorren el cajón donde debe haber un encendedor relegado, los fantasmas se han retirado y el crujir de mi estómago me devuelve a la realidad.
Bien dicen que las penas con pan son menos, o mejor dicho son más llevaderas, un arroz a la mostaza sugiere ser un delicioso placebo.
Como por arte de magia la electricidad ha regresado y la casa se vuelve a ataviar de la añorada luz artificial y el arrullo de la música del radio.
Sus ojitos me miraban con ese lenguaje tan particular con el que sólo hablan los perros, a la vez que sacaba de la alacena la bolsa de arroz y lo vertía en una taza, la cebolla invitante a ser cortada en pedacitos muy pequeños acompañaba al diente de ajo picado, todos se reunían en el aceite del sartén, una, dos, tres cucharadas de mostaza teñían el arroz sediento, el fuego lento acariciaba la base del sartén cuando una taza de agua empapó al arroz agradecido. Las orejitas de los perros se levantaron ante el sonido hirviente del agua y el aceite mientras las verduras danzaban en la acuosa mezcla, sal, pimienta, cubito de consomé de pollo, salsa inglesa, todos fueron invitados al festín amparado por otra taza de agua y cobijado por la muda tapa del sartén.
Unos minutos más tarde el invitante olor vestido de amarillo atrapaba el ambiente dejando atrás la compleja circunstancia humana.
Eduardo Sastrías

 

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MOR…ISSSTE

Lo dicho, clinicucha separada por tres privados que se confunde con una miscelánea de quinta, dentro de una unidad habitacional del mismo ISSSTE, una de esas que se viste de la tierra con el tiempo y se perfuma de los olores a orines de humano y perro perdido, papeles multicolores que vuelan queriendo también escapar de aquel entorno y que una vez sirvieron para proteger alguna golosina, paleta o chocolate. Paredes grafiteadas hasta en lugares impensables con palabras y signos indescifrables que acuñan la firma de algún rapaz o pandilla gestada en el mismo lugar habitacional con tintes de guarida, cuerpos que juegan a bultos sin cara en fila silenciosa al despuntar la mañana, el reloj marca las seis con cincuenta minutos y me convierto en uno de ellos. Los ojos se elevan irremediablemente al cielo queriendo escapar de semejante lacra y volar a alcanzar la última estrella como otro de tantos sueños.
Las puertas del “recinto” se abren poco después de las siete, el caos es evidente aún en el letargo, el intercambio de carnet por ficha resulta incierto y manos van y manos vienen en aquél escritorio que guarda el documento que vale más que la vida.
– “La doctora llega a las diez”, váyase a su casa y regrese a esa hora, ordena la celadora con disfraz de enfermera.
El ardor y el dolor me avientan a mi casa donde encuentro un poco de remanso por un par de horas. Las nueve cuarenta dice el reloj cuando estoy de regreso, sentarme me duele, caminar me duele, esperar me duele, la miseria que veo me duele, y el tiempo se ríe, las horas suenan a carcajadas interminables, el sueño me secuestra y comienza la lucha por seguir en la vigilia, mientras mis ojos se rinden se ha producido una inagotable pasarela de gente pretérita que busca llenar el ocio en un par de remedios empacados, y cuales criaturas en dulcería se amontonan y se alegran de llevar su bolsa llena de polvos de fibra, proteínas, desinflamantes, aspirinas con nombres exquisitos, y un frasco de tiempo que se ha llenado momentáneamente en el vacío que el sistema les regaló.
Las doce y todo me duele y todo me duerme, el ajetreo no para, entra y sale gente que es atendida sin saber por qué, todo es desorganización y cierro mejor mis ojos para ver ese otro mundo que la mente tiende a dibujar línea por línea, color a color hasta lograr escapar.
La una de la tarde y mi nombre escucho en el eco y el barullo, me pregunto si es una alucinación o es el premio de mi espera. “Qué le sucede” parece ser la pregunta obligatoria y yo representando el papel del siervo agradecido tiendo mi mano para que me otorguen la incapacidad ya solicitada. Una pomada acompaña la papelería son el trofeo recibido, por fin mis pies se fugan de aquella mazmorra.
MOR…ISSSTE (2)
– Ya Dios lo juzgó, sólo Dios sabe, ¿será cierto que murió de un ataque al corazón ?  Y con todo ese dinero que tenía-. Escuchaba los comentario en la penumbra del día por nacer, las seis con veinte minutos de la mañana marcaba mi reloj, de nuevo esas sombras corcadas por el sueño rumiaban palabras para mitigar la espera. 
Frente a todos, un par de heces secas dejadas por un perro vagabundo servirían como testigo  de los que íbamos convirtiéndonos en sombras mutantes; más allá en las paredes se veían huellas de una escarcha de una navidad ya muerta. – Y mire que para qué le sirvió- continuaba la voz acusadora de quien no tiene con quien hablar. El día comenzaba a despuntar y era entonces más patente la mugre y el despojo; qué pobres somos después de todo. Uno a uno llegaban las sombras como perdidas en el tiempo, y cuando la luz rompió el fino velo de la aurora, fueron más evidentes, las canas, las várices, las bocas desdentadas, y ese olor a tiempo. 
Las siete  y las puertas se abrieron, en la fila decrépita fuimos tomando nuestra cita. La tableta de madera que me entregaron marcaba el número cuatro para el consultorio de la doctora “Esther” , tomé obedientemente mi asiento y me sumergí en las letras del libro que me acompañaba, los problemas por construir el puente de Kingsbridge, la falta de comercio por la caida del pasado puente, las peripecias de Caris y el nuevo hijo de Gwenda, me fueron llevando por los campos británicos ahorcados por el poder de los monjes. Las ocho de la mañana y la enfermera nos llamaba para tomarnos la presión y el peso. Ciento cuarenta sobre cien, ¿es usted hipertenso?. no, no lo creo, respondí, sin embargo últimamente he tenido desequilibrios en mi presión, quizá se debe a los medicamentos post-operatorios. Pues usted califica en “hipertenso” dígale a su médico.
¿Cuál médico? me preguntaba yo, si a eso vengo, a que me atienda mi médico familiar, las páginas que siguieron entintaron de sangre a algunos personajes, y yo pensando la posibilidad de calificar como “hipertenso”,            -Eduardo Sastrías, se escuchó casi a grito pelado, cual pollería de mercado.- Bueanos días doctor, saludé. ¿Cómo le va don Eduardo, qué le pasa? , pues verá aún tengo algo de dolor y me preocupa que últimamente al parecer tengo problemas con la presión, estoy tomando estos medicamentos para el dolor y la reacción del nervio inguinal, pudiera ser por ello?.
– Deje eso , se va a tomar esto cada doce horas y una inyección cada tercer día, y se me toma la presión diario durante quince días  y viene a verme. 
Las hojas rayadas describían los nombres de los medicamentos, a la vez que las tomaba me despedí, gracias doctora, una ves fuera me doy cuenta que no hay una incapacidad , regreso como resorte al privado,- no me va a dar incapacidad. No ya terminó y el médico recomendó veintiún días, pero es que me duele, y hoy ya es tarde para que llegue a la oficina. No, no le puedo dar más. 
Mi silencio gritó úna retahíla de imprecaciones, las nueve cuarenta marcaba el reloj. 
A ver, aquí tiene sus medicamentos y pase por el pasillo a que lo inyecte.
SAli con la mente en por dónde empezar,el baño, el desayuno, preparar comida par llevar a la oficina, hacer la cama, dejar a los perros en el patio y que ahí se quedaran todo el día, llegar a casa en cuánto tiempo. Cosa por cosa, las once y treinta mintuos, llegaba a la oficina ya bañado y desayunado y con aire apresurado. No esperaba estar ahí el día de hoy, ciento cincuenta y siete correos me esperaban para leer y analizar, una entrevista, e ir tejiendo lo sucedido en veintiún días.
Las seis de la tarde , el día ha cerrado su telón  con agua de lluvia. 
Eduardo Sastrías

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