ARROZ A LA MOSTAZA


La lluvia cesó dejando a su paso un aroma en el aire a plantas que respiran y calles que se evaporan, cierto silencio acompañaba la comparsa de las últimas gotas rezagadas. La electricidad se había cortado por el viento que azotó los cables, es así que una vela parecía ser más que una compañera un mudo testigo de aquél momento.
Sin poder leer, ni ver televisión, ni conectarme a Internet, ni escuchar música, porque aquí no hay tanta tecnología que rete a un apagón, no me quedó más remedio que ponerme a charlar conmigo mismo.
Las caras de amigos y parientes recorrían la oscuridad celebrando una tertulia llena de diálogos fantasmales que me susurraban al oído su versión de cómo han cambiado las cosas en tan poco tiempo, cómo la tecnología ha simplificado todo menos los problemas que al contrario se han engrandecido y complicado.
Un mundo caótico, sin duda, un mundo lleno de gente heterogénea que parecería estar perdida en el mar de reglas, medidas, normas, dictámenes, edictos, leyes, que más que definirlo lo segregan.
Qué pasó, le preguntaba a mis fantasmas, cuándo cambio todo, que no me di cuenta, cuándo dejó de tener valor nuestra palabra, cuándo nos comenzamos a comer unos a otros, cuándo nos secuestró la ignorancia y la vulgaridad…
El viento se abre paso entre las persianas y las cortinas como un brazo extensible que me atrapa y que a su paso extingue la tenue llama de la vela. El pasado se desmorona en mis manos y nada lo detiene, los recuerdos se vician y me engañan, todo es oscuridad, busco con que encender la vela, a tientas mis dedos recorren el cajón donde debe haber un encendedor relegado, los fantasmas se han retirado y el crujir de mi estómago me devuelve a la realidad.
Bien dicen que las penas con pan son menos, o mejor dicho son más llevaderas, un arroz a la mostaza sugiere ser un delicioso placebo.
Como por arte de magia la electricidad ha regresado y la casa se vuelve a ataviar de la añorada luz artificial y el arrullo de la música del radio.
Sus ojitos me miraban con ese lenguaje tan particular con el que sólo hablan los perros, a la vez que sacaba de la alacena la bolsa de arroz y lo vertía en una taza, la cebolla invitante a ser cortada en pedacitos muy pequeños acompañaba al diente de ajo picado, todos se reunían en el aceite del sartén, una, dos, tres cucharadas de mostaza teñían el arroz sediento, el fuego lento acariciaba la base del sartén cuando una taza de agua empapó al arroz agradecido. Las orejitas de los perros se levantaron ante el sonido hirviente del agua y el aceite mientras las verduras danzaban en la acuosa mezcla, sal, pimienta, cubito de consomé de pollo, salsa inglesa, todos fueron invitados al festín amparado por otra taza de agua y cobijado por la muda tapa del sartén.
Unos minutos más tarde el invitante olor vestido de amarillo atrapaba el ambiente dejando atrás la compleja circunstancia humana.
Eduardo Sastrías

 

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