Archivo mensual: octubre 2009

FLOR



Al igual que las flores abren sus pétalos casi imperceptiblemente de un momento a otro, así llegó corriendo en alegre trote por las calles del fraccionamiento moviendo su dorada cola. Días anteriores me había dicho “ si no tuviera tanto perro, cómo me gustaría tener una perra pastor alemán” y como si mi deseo se hiciera realidad ahí estaba enfrente de mi, de color miel tirándole a pastor belga más que alemán quizá la mezcla de alguna otra raza le daban ese toque tan especial,.no mostraba signos de maltrato ni huellas de suciedad, ni albergaba pulgas en entre su pelo, tan propias de los perros callejeros, los huesos pegados a la piel mostraban los largos días de ayuno.
Sólo bastó para que nuestros ojos se encontraran y desde ese momento me entrego su cariño incondicional como sólo los canes saben darlo.
Qué voy a hacer contigo, le dije y ella en su manera muy particular me contestó que lo primero que debía hacer era ponerle un nombre. – a ver, a ver , me quedé pensando mientras le veía sus ojitos inquisitivos a la vez que ella se quedaba sentadita en espera de mi respuesta.
Le tomé las dos patas delanteras y la levanté para confirmar qué sexo tenía. – Ah, eres una niña, entonces te voy a llamar “Meche”, al parecer ella quedó contenta con ese nombre e inmediatamente me dijo con sus ojitos que tenía hambre y sed.-Dame un segundo, le dije a la vez que tras la puerta se escuchaba el coro de ladridos de mis cuatro criaturas; entre a la casa impidiendo que ella me siguiera hacia adentro, tomé un tazón que llené de croquetas e inmediatamente salí a entregárselo. Meche no sabía qué hacer primero, si agradecerme o comer, el instinto pudo más y en cuestión de segundos se dio a la tarea de acabarse las croquetas mismas que no fueron suficientes para calmar un hambre de días, pero no se fuera a enfermar o como dicen vulgarmente, a “empachar”, fue entonces que le di agua misma que recibió agradecida.
Ahí se quedó echadita refrescándose en el pasto afuera de la casa en una tarde calurosa.
Con un poco de sigilo salí con mis cuatro criaturitas a caminar, de inmediato “Meche” dejó su letargo y se alistó toda contenta para seguirnos dando brincos de alegría entre trote y trote, de repente se puso frente a mi y levantó sus patas delanteras para posarlas en mi pecho y en su lenguaje me dijo: “gracias”.
Meche, Meche qué voy a hacer contigo mientras caminábamos de regreso. Ya en casa entró y estuvo con nosotros un rato, sin embargo esa noche cálida durmió afuera bajo el techo de la entrada de la casa, cobijada nada más por la esperanza de tener un hogar.
Al día siguiente la rutina laboral me impidió estar con Meche. Era un lunes cuando ella se quedó mirándome con sus ojitos que no entendían porque salía yo a toda prisa en mi coche y me perdía de su vista, mientras manejaba hacia la oficina me hacía toda clase de preguntas, si alguien tuvo el corazón para dejarla en medio de la calle, qué peripecias pudo haber pasado antes de llegar a casa.
A mi regreso ya no estaba afuera de casa, la noche estaba cayendo y no se vía mucho en el fraccionamiento, aún así salí a buscarla y no encontré nada.
¡ Mecheeee, Mecheeee!!!, dónde estarás, quién te habrá corrido, en qué desgracia estarás ahora, la noche cayó y yo apenas podía cerrar mis ojos pensando si algún coche la pudiera haber golpeado y ahora estuviera renqueando o si en medio de su inocencia hubiera sido víctima de una riña, en fin una cadena de sucesos me invadían la noche que al menos era cálida, en algún momento debí haberme quedado dormido.
La rutina opacó mi angustia durante algunas horas, a mi regreso cual va siendo mi sorpresa que en el parque del fraccionamiento ahí estaba jugando con un grupo de niñas, siendo ella una más. Corrían de un lado a otro y ella brincaba de alegría cuando le llamaban, apenas y se percató de mí. Meche era feliz.
– ¿Cuándo llegó? Pregunté.
– Desde ayer , y está con nosotras en casa me respondió Pau.
– Y ¿Cómo se llama?
– Flor , le pusimos Flor.
– Ah qué bonito nombre, dije.

Ocho días estuvo “Flor” acompañándonos y siendo una niña más que jugaba y reía en su forma muy particular de hacerlo. Sin embargo nadie podía tomar una total responsabilidad de ella, ya sea por espacio, por dinero, por tener otro perro, me aboqué entonces a buscarle un hogar.
“Adóptame, me llamo Flor” decían los letreros que vestían las vidrieras de las veterinarias de la zona.
Ayer la calle estaba callada, triste y el ambiente resonaba a ausencia. Flor, Flor gritaban mis ojos queriendo verla salir de su guarida.
– Llamé a una asociación que dirige un doctor en el barrio de Santa Tere, y me recibieron a Flor, me comentaba la madre de Pau. No sabes cómo me dolió, continuó diciéndome. Pero es lo mejor para ella. Mientras escuchaba sus palabras veía a mis cuatro criaturas que olfateaban algún rastro que Flor dejó.
Hoy la ausencia tiene una fragancia a…Flor.

Eduardo Sastrías Bordes

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