Archivo mensual: octubre 2010

DÍA DE MUERTOS EN UN PAÍS DE MUERTOS


Se acerca el día de muertos y las tiendas se llenan de colores negros y anaranjados rivalizando con máscaras, telarañas y brujas de “Jalogüín” al tradicional día de muertos, ese de altares llenos de jícamas, calaveritas de azúcar, cañas, veladoras y flores de cempasúchil; el de la mesa de chocolate acompañado con la “hojaldra” o pan de muertos. Muertos con disfraz de asesinados que en lo que va de este año ya suman miles y miles que se cuentan como un número más en este campo fétido de cadáveres que se ha convertido nuestro país producto de venganzas y ajustes de cuentas, de inseguridad; de la violencia per sé entre los diferentes grupos y cárteles que lo han secuestrado…Día de muertos en un país donde los periodistas asesinados superan a los de Iraq.
México el otrora país “amigo”, el de la sonrisa abierta y franca, el de los colores brillantes y las frutas exóticas, el de los jarabes, los sones y los danzones es ahora un país de eterno luto, ensombrecido por la tragedia, la crisis, la ignorancia, y la demagogia bailando al compás de la banda norteña.
México sumido en una crisis extranjera gracias a la globalización es víctima del desempleo y de los turbios negocios que hace el gobierno con sus paraestatales y sus concesiones. Día a día se engrosan las filas de desempleados que después de diez, quince y más de veinte años dedicados a una Compañía de Luz , a una Mexicana, y a una etcétera y compañía se ven desesperados al ver un futuro no sólo incierto sino muerto. Día de muertos y de suicidios que condena enfáticamente la iglesia de Norberto Rivera Carrera en esto que él denomina la cultura de la muerte, cuando la supuesta opción de vida me cuesta trabajo creerla ante la descarada opulencia, el encubrimiento, la pedofilia y los convenios lucrativos “en lo oscurito”, ante los falsos rezos y sacrificios sacados de la manga en púlpito o un confesionario frente al hambre y la desesperación para quien ya no encuentra manera de tener un sustento, para quien de un día a otro deja de ser ese alguien que le dijeron que era, para ese a quien la vigilia le representa su peor pesadilla y sólo le queda huir por “la puerta falsa” y respetable del suicidio.
Día de muertos cuando mi alma se siente muerta y acechada en una tarde nublada y lluviosa preguntándome si vale la pena vivir en medio de tanta porquería o si es preferible estar anestesiado por el bombardeo mediático, un trabajito mediocre que te absorbe no sólo el día entero sino la vida misma, escudado en las también mediocres frases de: “podríamos estar peor” “por lo menos tienes trabajo”, “por lo menos tienes un techo”, “por lo menos…” nunca por lo más, eso está vetado al pueblo.
Día de muertos en un Bicentenario que no me dice nada sino la cuenta de doscientos años, de valientes intentos y pobres resultados; un Bicentenario que habla de la evidencia en la frase de Heráclito “Todo cambia, nada es”… “Ya vamos saliendo” dice el presidente, “la batalla contra el narco es una batalla dura y campal, no es fácil pero saldremos adelante”; las viudas y los huérfanos exigen justicia en medio de una serie de comisiones y averiguaciones que cansan y empolvan a la verdad… y los muertos no pueden sino responder con la más fría verdad de las cifras que representan.
Día de muertos en un país de “jóvenes” que han tenido todo peladito y en la boca para que no piensen ni les llegue la realidad de la ineptitud del sistema educativo y mejor se enfrenten a una orquestada quimera diaria plagada de tecnología tan desechable como ellos mismos hasta que la realidad los alcance y entonces tener treinta o treinta y cinco sea la frontera con la nada.
Día de muertos en un país armado no por una causa sino por miedo al miedo mismo. Armas de todo tipo de calibres y características circulan por el suelo nacional libremente riéndose de las aduanas custodiadas por mocosos con título… de retrasados mentales.
Día de muertos en un país de muertos de hambre que cuentan más de cincuenta millones en extrema pobreza donde los programas van y vienen y cuestan más de lo que dan.
Día de muertos en un país que ya no se ríe de la muerte ni la reviste como lo hiciera José Guadalupe Posada, sino que le ha perdido el respeto y convive con ella a diario como una vulgar y simple circunstancia que ha empañado el panorama nacional.
Día de muertos en un año inundado entre otras desgracias de la misma agua que acabó de ahogar la alegría del pueblo jarocho.
Y en esta lúgubre tarde de otoño que llora antes de que cambié el horario también cuento entre mis muertos a mi querida perrita Lola que quince años me dio, quizá lo más noble que encuentro ahora un día de muertos… en un país de muertos .

Eduardo Sastrías

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