Archivo mensual: noviembre 2011

EFIMERITAS

Esta noche te has marchitado.
Tus pétalos van cayendo uno a uno  hasta quedarte desnuda.
Víctima del frío de tu alma ya no quieres esperar a que vuelva la primavera.
Con tus ojos has mojado la tranquilidad de esta noche.
Quisieras gritar de dolor pero ya no encuentras las fuerzas.
Quisieras correr hasta el fin del mundo y escapar de esta pesadilla.Sin embargo; la noche es eterna.
Cierras tus ojos tratando de olvidar…
Y deseas que el tiempo te junte con la nada para volver a empezar.

Eduardo Sastrías

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UNA DE TANTAS

                                  
Las manchas de agua dibujaban formas irregulares en el delantal deshilachado  que llevaba puesto; con un trapo en la mano frotaba las hojas de las plantas del pasillo, una a una las iba lustrando con aquel paño húmedo, las acariciaba como quien mima la misma piel, por breves momentos detenía  su afanoso quehacer mirando fijamente las macetas y en su más íntimo silencio rememoraba tiempos pasados; su mente vacilaba con las imágenes que iban y venían semejando pequeños cortos de una película ya olvidada. Al sentir la suavidad de las hojas al contacto con su mano cerraba sus ojos como queriendo atrapar esa sensación perdida en algún momento de su ya larga vida.
-Tetita tetita, así le decía de cariño doña Zenaida  a su hija remembrando la manera en que Roberta se autonombraba cuando comenzaba a hablar, ven a ayudarme con la comida, le gritaba su madre, Roberta salía en tropel cual equino desbocado de donde estuviera levantando la tierra a su paso mientras que el viento jugaba graciosas siluetas con la tela de su amplia falda.
Mezclar los suculentos jitomates con los trocitos de cebolla y  las hierbas resultaba para ella todo un ritual  así como escuchar el crujir de las pequeñísimas burbujas que explotan en contacto con el calor del aceite y el agua de la olla era algo que siempre le parecía un espectáculo de olores y sabores. Picaba las zanahorias  en cuadritos casi perfectos y desdentaba los elotes, limpiaba los ejotes y los cortaba en trocitos, pelaba las papas, los chayotes y lo ponía todo a cocer,  las calabacitas  por separado para que no se deshicieran. Los sonidos de la ebullición le parecían a  ella una sinfonía perfecta…Sintió una mano pesada que se posó  sobre su hombro que la regresó a la realidad.
– El patrón la anda buscando, señora Roberta,  le dijo el hombre. Se secó las manos con el delantal y se encaminó a través de aquel pasillo flanqueado por estatuas de bronce  y alguna que  otra pieza prehispánica conseguida en una subasta clandestina. –  Roberta, le dijo  Don Gil.- ¿Cuántos años lleva trabajando para mí? Sus ojos se movieron hacia  arriba mientras recordaba, treinta y cinco años más o menos patrón. –  Órale, cuántas cosas hemos vivido desde entonces, ¿verdad?, sí patrón. – ¿Y qué vas a hacer hoy de comer?, aquél capo se convertía en un niño cada vez que escuchaba el menú del día ya que le gustaba que Roberta le diera sorpresas con alguno de sus guisos especiales y que para él eran totalmente desconocidos pero que siempre agradecía el sazón y el sabor de los mismos. -Sopa poblana bien picosa como le gusta a usted, arroz y soufflé de calabazas. No acababa de dar el menú Roberta cuando de la cara de Don Gil explotó una sonora carcajada acompañada de una brizna de saliva; con la cara aún roja del esfuerzo que le causó semejante risotada  y enseñando el diente de oro dijo -Calabazas las que me puso la güila de mi mujer, qué Dios la tenga en su gloria allá en el cielo de las putas. Roberta  tomó sus manos  y bajó  la mirada, permaneció en silencio, esos comentarios le parecían repugnantes, pero no le quedaba sino permanecer ahí esperando alguna otra orden.
– Te mandé llamar también para que vayas a la casa de Zapopan, ya sabes, para atender una mercancía. Así le llamaba Don Gil a las personas que secuestraba, en especial a aquellos funcionarios que se negaban a facilitarle el traslado de la droga a Estados Unidos. – Te me vas al rato, dile al Toño que te lleve al aeropuerto y en Guadalajara te recogerá  el Cheto  para llevarte a la casa de Valle Real, te encargo mucho a la mercancía.
Roberta bajó su mirada, sabía bien lo que significaban esas palabras y  lo difícil que le resultaba hacer esa clase de trabajos. Como “usté” diga. Ah, y le entregas esta carta al hijo de puta del licenciadito.
El avión tomó pista, Roberta se asomó por la ventanilla mientras la aeronave iniciaba su carrera de despegue, la sensación de desprenderse de la tierra era algo que a ella siempre le causaba emoción, como si atrás quedaran sus problemas, sus frustraciones pero sus sueños también. Se preguntaba si así sentiría su alma el día que tuviera a bien morir. De repente el paisaje se vio opacado por un cúmulo de nubes. Pensaba que más allá de esas nubes en algún lugar se encontraría su hijo, sus ojos fantaseaban poder verlo desde lo alto, luego los fue cerrando en medio de imágenes del pasado que su mente dibujaba.
“Señores pasajeros, en breve estaremos aterrizando en el aeropuerto Miguel Hidalgo de la ciudad de Guadalajara, en preparación a nuestro aterrizaje sírvase abrochar su cinturón de seguridad y doblar la mesita frente a usted en su compartimiento…”  El anunció del próximo aterrizaje la despertó del ligero sueño que había tomado.
Al salir de la sala de equipaje  de entre la gente que esperaba a los pasajeros vio al “Cheto” con su inconfundible sombrero vaquero negro de fieltro con una herradura de plata en la  copa y sus botas de piel de víbora. Aunque Roberta venía seguido a trabajar a la casa de Zapopan, siempre sentía la misma sensación de que un día le iban a poner un cuatro, el temor y angustia se apoderaban de ella al pensar que algún judicial la detuviera y se la llevaran para sacarle información, aunque siempre estaba ahí el Cheto con su gente listo para recibirla y listo por cualquier cosa que pudiera suceder.
La verdad es que el Cheto tenía bien comprados a los judiciales y a la policía. Dentro de su Hummer  y con la música de banda a todo volumen andaba por las calles de Guadalajara  retando autos y haciendo toda clase de desmanes sin que ninguna autoridad se atreviera a molestarlo.
Al llegar a la casa, Roberta se fue directo a la cocina y tomó su delantal, sacó las ollas y los sartenes de las cómodas para disponerse a preparar un caldo de pollo con verduras y unas albóndigas de pollo en salsa de chile pasilla con cebolla desflemada y acompañadas de frijoles de la olla y para el Cheto y su gente carne asada con arroz,  muchas tortillas y salsa bien picosa.
Picaba las verduras con cierta fuerza pensando en que cada uno de esos trozos fuera parte del cuerpo del Cheto al que tanta repulsión le tenía.
La carta decía:
“Mi estimado lisensiadito.
Te mando este mensaje con mi ama de llavez quien lo va atender como uste no se merese.
Eres una mierda y la mierda se tritura  y se entierra, aunque a ti yo creo que hasta los gusanos te van a vomitar.
Mira cabron te boy a tener  bien atendido para que sea lo ultimo que veas antes de que te lleve la chingada. Te quisiste pasar de verga, y eso no se hase, menos despues de que hemos tenido tantos jugosos negocios.
A mi la cucaracha que se me quiere subir la aplasto, me entiendes. Disfruta de tu estansia porque es lo ultimo que bas a ver en toda tu pinche vida.”
Los ojos del licenciado clavaron un grito en los de Roberta cuando ella entró a la bodega y lo vio amordazado y atado de pies y manos.
Ella  ya lo había visto en varias ocasiones en la casa de Don Gil. Era un alto funcionario de la aduana y le debía a Don Gil en mucho el puesto que tenía, además de los negocios que hacían juntos. Cuando era un simple empleadito mediocre, harto de ganar una bicoca y de no vislumbrar un futuro más provisorio, frustrado de estar en medio de la gris burocracia y ver a los jefes cómo se pavoneaban con tanta prepotencia sin hacer mayor cosa que delegarlo todo y demostrar hostilidad hacia sus subordinados. Fue testigo de cómo se llenaban los bolsillos con jugosos sueldos y negocios chuecos. Un día “de suerte” le encomendaron verificar una mercancía y ahí estaba él, sí el mismo Don Gil y su “comitiva” de gañanes hablando con el jefe de patio, éste lo llamó y le dijo que por órdenes superiores tenían que salir de inmediato los contenedores que habían llegado la noche anterior. Con toda prontitud gestionó los formatos y en unos minutos la mercancía estaba cargada en varios trailers. Don Gil vio que ese empleadito tenía potencial  y fue así como se inició la lucrativa relación entre Don Gil y el licenciado Ochoa.
Le traigo algo de comer licenciado, dijo en voz baja Roberta desviando la mirada hacia el suelo. En eso se adelantó el Cheto y le quitó la mordaza de la boca, el licenciado tomó una bocanada de aire y comenzó a toser de tal manera que su cara se ponía roja y  los ojos parecían desorbitarse a la vez que se humedecían.
-Te vamos a desamarrar pa´ que comas, ay de ti si intentas hacer algo, te dejo bien frío hijo de la chingada.
Los pantalones del licenciado Ochoa aún estaban húmedos ya que se había orinado cuando lo trajeron y lo tumbaron en aquella bodega; la expresión de su cara pareciera
haberse quedado enmascarada en un rictus de terror. Una vez que lo desamarraron  el
estremecimiento se fue apoderando de todo su cuerpo.  En una voz  casi audible  y que no reconoció suya alcanzó a decir “agua”. En su mente revoloteaba la idea de que pronto acabaría como otros tantos, muerto y desmembrado en la cajuela de un auto o en una fosa clandestina.
Roberta puso la bandeja en una mesita y llenó un vaso con agua, mismo que acercó a la boca al prisionero. Los ojos del licenciado y los de Roberta  se encontraron y se hablaron por milésimas de segundo,  los de ella dijeron “lo siento”;  los de él, “sácame de aquí”.
El agua acariciaba el bronce de su piel sedosa y firme haciendo que ese color cobrara un brillo sensual que dibujaba un halo en las formas de su cuerpo, el jabón y las manos se resbalaban entre sus  piernas, haciendo de ese contacto algo sólo suyo y maravilloso. Cerraba sus ojos y se dejaba llevar por el momento. Toda ella era un ente erógeno, cada poro de su cuerpo parecía tener vida propia en una danza de sensaciones que tocaban el éxtasis. Las hormonas de su cuerpo se disparaban con lujuria en respuesta de aquello que se estaba gestando dentro de sí.
Se había dejado llevar por la pasión y las palabras de un hombre,  sin embargo éstas duraron lo que tarda en vaciarse una noche.
Su futuro se tornaba precario, con un hijo a cuestas la vida le sería más difícil, aunque tenía todavía a su madre quien le ayudaría con los cuidados de ese ser que todavía no nacía,  no dejaba de pensar en qué le podría ofrecer si ella apenas era una muchachita sin más educación que la que recibía en la escuela del pueblo.
Al igual que su madre y otras tantas sería una mujer sola que se enfrentaría con toda su fuerza ante las vicisitudes de la vida.  
El licenciado Ochoa apenas podía tomar la cuchara pues le temblaba la mano por tanto tiempo de haber estado atado. Roberta tomó con sutileza la cuchara de la mano del licenciado y procedió a llenarla de un poco de sopa misma que le dio en la boca como lo había hecho con su propio hijo muchos años atrás.
– Sí yo pude, tú también vas a poder mija, le decía  su madre a Roberta cuando se vio abandonada por aquél hombre que la dejó embarazada.
Los meses pasaban y el vientre crecía así como los ascos, el cansancio y el dolor de espalda. Llegó el momento en que Roberta comenzó a dar señales de que el parto se acercaba, los dolores eran fuertes y  las contracciones comenzaban con una intermitencia e intensidad irregular, la mamá de Roberta fue a buscar a Doña Cleo la partera del pueblo quien llegó cargando sus trapos limpios y hierbas para el proceso de parto. La partera del pueblo era una mujer que sabía muy bien su oficio ya que tenía la herencia del conocimiento de sus ancestros, para ella no era un simple oficio sino  un contacto con la vida de un nuevo ser que se conectaba en la cosmogonía del universo y que saldría a la luz de este mundo. Con la calma que la caracterizaba llegó y se posó junto al catre donde estaba acostada Roberta, le dio, para calmarla, un té de manzanilla bien calientito, sin embargo ella sabía que el acompañamiento era la mejor medicina para relajar a la parturienta. Luego le preparó un baño con pétalos de rosas y canela lo que hizo que las contracciones fueran suaves y el parto no tardara tanto. La partera tenía una regla que era nunca usar la palabra dolor.
Tentó la cabeza de Roberta y sintió que estaba muy caliente, ese era signo de que el bebé ya venía, entonces le dio unos masajes a los lados de la nariz, los cachetes pasando
por los lados de la frente y la cabeza y entre los dedos, luego siguió con masajes en la cadera y los pies.
El parto parecía detenerse, Roberta estaba muy agotada, la partera se secó las manos y con la mirada le dijo a la madre de Roberta que todo estaba bien y para evitar que tardara más, Doña Cleo  sacó de su morral un poco de huesos de dátiles pulverizados que revolvió con cáscaras de naranja seca y se las agregó en un jarrito con vino blanco que le dio a beber. El momento del alumbramiento era ya inminente, entonces la partera puso a Roberta en cuclillas para que la criatura naciera; con el reboso le jalaba el vientre para evitar que pujara lo que podría ocasionarle desgarres, entonces  casi de inmediato la cabeza del bebé ya era perceptible, entre mucosidades salía sin mayor problema. Doña Cleo había recibido otro ser de entre los cientos que llevaba en su haber, agradeció a Dios y a la tierra que otro milagro se obrara y que ella pudiera ser ese instrumento para que culminara.
-Tons que licenciadito, se quiso pasar de verga con el patrón, ¿verdad?- Dijo el Cheto  devolviendo a Roberta a su realidad. Déjelo que coma solo y vaya a ver si ya puso la puerca, le indicó el Cheto a Roberta en un tono de orden como queriendo ya de una buena vez quedarse a solas con el licenciado Ochoa. Roberta salió y cerró la puerta de un palmazo, odiaba que ese tipo se tomara tantas atribuciones  y  la tratara como si en verdad él fuera su jefe; ella sólo tenía un jefe y  ese era Don Gil. Una vez que comenzó a caminar  por el pasillo fue dejando  atrás la música que  el gañán había puesto  a todo volumen en aquella bodega para evitar que se escucharan los gritos del licenciado como consecuencia de  la tortura que le estaba propinando.
Roberta le pidió al chofer que la llevara al mercado, prefería estar lejos de la casa  en ese momento.
Mientras pasaban las calles, callada y meditabunda  como acostumbraba ser, pensaba en aquél hijo que estaba tan lejos.
Tetita, ahora que terminaste tu preparatoria te vas a ir a vivir a la capital con tu padrino, él te va a recibir en la estación, te llevará a vivir con él y tu madrina, además tiene un compadre que trabaja en el gobierno y  que te va a dar una chamba.
Roberta en su habitual silencio se despedía del paisaje que veía a través de la ventana de aquél autobús  lleno de canastas y una mezcla de olores entre lo humano, lo animal y lo vegetal. Algo le decía que pasaría mucho tiempo en volver  a ver a su madre y su querido hijo que ahora lo dejaba de poco más de un año de edad; quería arrancar de su mente ese pensamiento, sin embargo la vista se le empañaba con las lágrimas que sus ojos, como si tuvieran vida propia, derramaban copiosamente.
Al llegar a la estación se quedó pasmada al ver tantas personas, el gran ruido y movimiento; se bajó del autobús sosteniendo con fuerza su pequeño bolso, la gente se arremolinaba alrededor de ella y le impedía llegar al compartimiento de equipaje del camión para jalar su maleta. Salió al lobby de la estación y sólo veía el gentío que iba y venía con demasiada prisa, algunos llegaban a chocar con ella y casi la tiraban.
En eso escuchó que alguien le gritaba su nombre, y pudo distinguir la voz  de su padrino, el tío Juan. – ¡Qué grandota estás mija!, deja que te ayude con tus cosas. Se encaminaron a la salida de la estación del autobús donde les esperaba un taxi.
Cerraba y abría los ojos y el sueño era el mismo, llegar a ser una química-
farmacobióloga  y poder darle a su hijo  todo aquello de lo que ella siempre careció.
– Vas a ver qué lindo te puso tu cuarto tu madrina, está muy ilusionada de tenerte en casa, ya ves que como no pudimos tener hijos, para nosotros tú eres lo más cercano a una hija.
– Gracias padrino, en verdad estoy muy agradecida con ustedes, no sé con qué pagar tanta generosidad, poder ir a la universidad  para mi es el sueño de toda mi vida.
– Mañana mismo te acompaño  para que vayas a sacar la ficha para tu examen de admisión, y  la semana que viene te vas conmigo a la oficina para hablar con el líder sindical que es mi compadre y que te de una chambita.
Roberta tenía sentimientos encontrados pues por un lado extrañaba enormemente a su  hijo y por otro veía en esta oportunidad la puerta para salir de la pobreza y de la ignorancia.
– Ya llegamos, ¿cuánto tiempo va a tardar doña Roberta?, escuchó las palabras del chofer como en otra dimensión y  fue entonces que en ella se desvanecieron aquellos pensamientos del pasado. Tan sólo dijo con voz seca – no mucho.
Al entrar al mercado los olores entremezclados de las hierbas, el pescado, el pollo, las veladoras alumbrando pequeños altares a santos patronos la trasladaban a los olores de su pueblo, para ella visitar los mercados era como conectarse con ese pasado ya perdido.
Eran los turbulentos años setenta. Al día siguiente su padrino la llevó a la UNAM para que comenzara los trámites para el examen de ingreso. Su corazón palpitaba de emoción cuando vio tantos edificios cubiertos de colores y formas como el edificio de la biblioteca Central con los murales de Juan O’Gorman, los murales de Siqueiros en el edificio de la Rectoría,  los de Diego Rivera en el Estadio olímpico de los Pumas.
Casi veía cumplido su sueño de llegar a ser parte de la casa de estudio más importante de México. Abrazaba los documentos que tenía que entregar  mientras que  sus ojos no dejaban de aguarse.
En unas semanas se encontraba ya adaptada a su nueva vida, trabajando por las tardes en el archivo de una dependencia de gobierno y en la mañana preparándose para el examen de admisión a la facultad de química, extrañaba el poder abrazar y cuidar a su bebé pero sabía que lo que estaba haciendo era por el bien de ella y de su hijo, y se sentía tranquila al saber que su criatura estaba en las mejores manos.
Una vez que salió del mercado le dijo el chofer que tenía instrucciones de llevarla al aeropuerto para que volara de regreso, la necesitaban en casa de Don Gil, pasaron a la casa de Valle Real por  el equipaje, ya no estaba la camioneta del Cheto, no había nadie en la casa, sólo había un silencio culposo. El trabajo ya estaba hecho, ahora le tocaba a ella lavar toda huella de crueldad.
Ya camino al aeropuerto Roberta recordó cómo fue que conoció a Don Gil. El pueblo de donde ella era oriunda resulto ser el mismo de Don Gil, un pueblo con todo tipo de carencias pero con una excelente tierra para la siembra, sin embargo debido a los programas gubernamentales inadecuados y la mala administración de las temporadas de siembra el pueblo vivía en la miseria. Fue hasta que Don Gil tomó las riendas de las tierras  y empleó a buena parte del pueblo para cultivar plantíos de amapola y marihuana, también mandó construir la misma escuela donde estudió Roberta y al poco tiempo el pueblo ya contaba con un hospital auspiciado por el capo.
Un buen día el padrino de Roberta le comunicó que su madre se había puesto muy grave y que la habían internado en aquel hospital. Cuando ella llegó   al pueblo se fue directo donde su madre quien estaba en terapia intensiva; apenas y le dejaban asomarse para verla llena de tubos y atendida por médicos y enfermeras, en eso sintió una cálida mano que la tomaba del hombro, era el mismo Don Gil. – No te preocupes, están haciendo todo lo posible para que tu madre se componga. A los pocos días Doña Zenaida aún con todos los cuidados y recursos que  el mismo Don Gil pagó, sucumbió ante la enfermedad.
La vida le daba otro revés a Roberta. Dejó atrás sus planes de estudios y se quedó en el pueblo para cuidar a su hijo que a partir de ese momento era su única alegría y propósito de vida. Sin embargo la muerte de su madre la había dejado muy dolida, confundida y sin dinero. A los pocos días llegaron a su choza levantando nubes de polvo un par de camionetas Pick Up Chevrolet negras con la cabina pintada de naranja, eran dos emisarios de Don Gil que venían por ella para llevársela a trabajar a la casa grande.
La casa de Don Gil se encontraba al otro lado de las montañas que rodeaban el pueblo, enclavada en la sierra era un palacete que se abría paso de entre el verdor de la vegetación.
Llegó con su hijo en brazos y a partir de ese momento comenzó como una ayudante de la cocina hasta que con el tiempo se convirtió en el ama de llaves y silente confidente de Don Gil, hoy a sus casi sesenta años todo eso aún le parece como si hubiera sido ayer.
Al llegar al aeropuerto para su sorpresa ya estaba el Cheto esperándola con el boleto en mano y esa sonrisa cínica que tanto le disgustaba a ella. – Aquí tiene mi doña, se me va
por la sombrita, Roberta le arrebató el boleto de avión y se dirigió al mostrador de la
línea aérea para documentar su equipaje.
Una vez que el avión cruzaba las nubes, reclinó su asiento y cerró los ojos para soñar un poco en Carmelo, aquel hijo que tanto extrañaba. Los hijos de Don Gil fueron creciendo y siendo apoyados por su madre en cualquier travesura que hacían, cuando les llegó la edad de hacer su Primera Comunión, Don Gil mandó remozar toda la iglesia del pueblo y donó una buena cantidad de dinero para las obras de caridad que el cura decía llevar a cabo. Carmelo creció en la casa grande rodeado de los lujos y excentricidades propias del capo cuyos hijos siempre lo vieron como un hermano pequeño, recibía clases tanto en la escuela del pueblo como en la casa grande. Roberta jamás le hubiera podido dar esa vida y educación, con los años Carmelo se fue distanciando de su madre, parecería que en momentos se avergonzara de ser el hijo de la sirvienta. Los vástagos de Don Gil fueron aprendiendo el negocio a la vez que se ausentaban por tiempo indefinido para estudiar en el extranjero, de hecho uno de ellos incluso llegó a ser alumno en la mismísima universidad de Harvard.
Don Gil continuaba su estilo de vida rayando en el mal gusto y la vulgaridad, su mujer, Doña Regina tuvo el desatino de tener amoríos con su maestro de Yoga, un joven mandado traer de la capital, uno más de sus caprichos, pero no contaba con que Don Gil tenía ojos y oídos  en todas partes, no en balde sus amigos le decían “la lechuza”; hasta el más mínimo detalle de lo que sucedía en su casa y en sus negocios era de su conocimiento.
– Por favor enderece su respaldo, escuchó a lo lejos Roberta, el avión estaba por aterrizar, en pocos minutos el avión tocaba tierra y ella su propia realidad. Más tarde estaba de nuevo en la casa grande dando cuenta a Don Gil tocante a  lo encomendado.
Cansada de tanto ver y tanto oír se retiró a su cuarto y encendió una veladora a la Virgen de Guadalupe, ella que también fue madre y perdió a un hijo. Juntó sus manos  y  pidiéndole con fervor que cuidara a su hijo donde quiera que estuviera, oró.
Desde que Carmelo era un jovencito andaba en malos pasos, creía que por vivir en la casa grande  también tenía grande la prepotencia. A su corta edad era temido en el pueblo, nunca terminó sus estudios. Él quería ser como el patrón, y se había auto iniciado surtiendo algunas narcotiendas del pueblo con mercancía que le robaba a Don Gil. Roberta se negaba a enfrentar esa realidad  hasta que la misma la sacudió al percatarse que todo el dinero que tenía guardado en su cuarto había desaparecido y más tarde al ver el cuerpo de su hijo gravemente golpeado en el suelo del salón de estar de la casa grande flanqueado por Don Gil y sus hombres.
– Te mandé llamar para que veas a la sabandija que tienes por hijo. Le dijo a
Roberta a la vez que se dirigía al muchacho. -Creías que no estaba enterado de tus pendejadas. Sólo por los años que lleva tu madre a mi servicio no te desparezco del mapa cabrón malagradecido, mira que robarme y matar al hijo de Roque en una  de tus riñas, serás pendejo. –Remigio, le dijo a uno de sus hombres, – le vas a llevar a Roque este sobre, dile que es para que pague el entierro de su hijo y otra cantidad para que no pase hambres.  Roberta se abalanzó a abrazar a su herido hijo y entre sollozos le pedía perdón a Don Gil.
– Ahora mismo nos vamos patrón, dijo Roberta. Ni madres, tú te quedas, el que se va es tu hijo para que no lo metan al tambo y le hagan soltar la sopa, ya hice los arreglos para que se lo lleven al otro lado. – Pero Don Gil…- No hay pero que valga, este malagradecido quiere entrar al negocio, pos que lo haga bien no robando la mano que le da de comer ni matando a lo pendejo, se va a ir a trabajar con mis hijos, ellos lo van a meter en cintura.
“Santa María madre de Dios ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestra muerte, amén…” terminaba de rezar Roberta y pensaba qué hubiera sido de ella si las circunstancias de su vida hubieran sido diferentes. Qué hubiera sido de su hijo. Ella  que quiso darle lo mejor, involuntariamente lo fue a meter a la boca del lobo. La culpa y los remordimientos en momentos la ahogaban. Había escuchado que en la ciudad de Puebla se encontraba en una iglesia del centro un altar al llamado “Señor de las Maravillas” y que  éste era muy milagroso, así que le pidió unos días a Don Gil para poder ir a Puebla. Empacó un par de cosas y se fue a la central de autobuses. Ya estando en la ciudad de Puebla preguntó por el lugar donde estaba la imagen milagrosa, tomó un taxi que la dejó en el templo de Santa Mónica; el recinto estaba copado de gente que iba buscando consuelo y una salida a sus penas, había quienes iban por un hijo o un pariente enfermo, quienes no tenían trabajo, quienes estaban solos, quienes habían perdido a algún ser querido; la imagen de un Cristo con la cruz a cuestas y simulando una de sus caídas se encontraba dentro de una enorme vitrina  que formaba parte del altar. Roberta encendió una veladora y se hincó frente a aquella imagen, y viéndole a los ojos le  imploró que alejara a su hijo del camino que había tomado y  tenerlo de nuevo a su lado. Los rezos, la gran cantidad de veladoras, las  lágrimas acompañaron las plegarias de Roberta.
Al salir del templo el sol y el barullo de los comerciantes  la devolvieron a
la realidad, deambuló por la calle cinco de mayo, aún impactada de aquella imagen
cuando en eso se topó con una mujer quien la dejó helada, era la viva imagen de Doña Zenaida, su madre, la mujer se acercó a ella y le tomó la mano, Roberta no alcanzaba a reaccionar. – Tu hijo, ve por él, le dijo, la bolsa de veladoras que tenía Roberta en la mano cayó esparciendo su contenido en el suelo, alguien se acercó y le ayudó a recogerlas, al regresar la mirada donde estaba aquella mujer, ésta ya había desaparecido. Roberta quedaba totalmente confundida, en unos minutos se habían mezclado muchas sensaciones y le costaba trabajo saber si lo que había visto era real o producto de su imaginación. Caminó  hacia la primera esquina donde pudiera tomar un taxi que la llevara a la central de autobuses. Mientras el taxi la conducía, su mente repetía aquella frase: “tu hijo, ve por él”, si tan sólo supiera dónde se encontraba.
Al poco tiempo de que Carmelo llegó al otro lado con los hijos de Don Gil no tardó en meterse en problemas con la justicia, un pitazo hizo huir a los hijos de Don Gil,  esta vez ya no hubo nadie para protegerlo, acabó preso en una cárcel del estado de Texas.
Cuando Carmelo salió de la prisión fue deportado a la frontera más próxima, abandonado, solo y pobre, su alma ahora estaba más envenenada y eso  fue lo que lo  llevó a su propia destrucción, se puso en contacto con exconvictos que conoció en prisión y rompió la regla de oro de cualquier traficante, pasó de ser un simple proveedor a adicto, entró en un callejón sin salida, la delincuencia y las drogas lo anularon, se perdió consumiendo todo tipo de sustancias, combinaba anfetaminas, alcohol y cocaína adulterada.
Tan pronto regresó de Puebla, Roberta tomó la carretera a pie para  ir a la casa grande, al irse acercando encontró el camino bloqueado por vehículos del ejercito, el área estaba acordonada, se detuvo de inmediato y se perdió  entre la maleza para observar sin ser vista hasta llegar muy cerca de la casa grande,  desde ahí pudo ver soldados vigilando la propiedad que mostraba señales de intenso tiroteo, había un silencio amenazante. Corrió de regreso por veredas y una vez en el Pueblo fue a la iglesia para preguntarle al cura qué era lo que había pasado. – Llegaron los soldados por tierra y por aire y cercaron la casa de Don Gil, luego comenzó la ráfaga de disparos de unos a otros. Perecieron las escoltas de Don Gil, pero de él no se sabe nada. Casi toda la población  ha sido interrogada y amenazada, le comentó el clérigo.
Una sobredosis acabó con la vida de Carmelo, su cuerpo fue arrojado a una fosa clandestina junto a cuerpos anónimos, algunos de ellos desmembrados, pedazos de carne que son ocultados de la luz antes de que la misma muerte hable por ellos.
El cielo se cubrió con un manto gris profundo y lloró copiosamente queriendo lavar toda traza del pasado.
– Quédate por un tiempo en esta casa, que también es la de Dios, mientras se calman las cosas y  luego ves qué haces con tu vida.
– Mi hijo, padre, sólo quiero saber dónde está, si vive o muere, qué es de él.
Reza hija mía, rézale a la Virgen con fervor que ella como madre te ha de comprender.
Agotada se retiró al cuarto que le había acondicionado el cura, se tendió en el catre y  cerró sus ojos como quien cierra un libro, fue entonces que vio a su madre Zenaida  llevando entre brazos una criatura, se acercó a Roberta y le dijo- toma a tu hijo…
Eduardo Sastrías

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LUNA DE OTOÑO

LUNA DE OTOÑO
Tímida te has escondido tras las nubes de Otoño,
mas el viento te ha desnudado,
te muestras en todo tu esplendor,
me seduces y me invitas a mirarte una y otra vez.
Me acaricias y me mimas también,
alumbras las almas de los que sufren por un amor,
sonríes al niño que reza a su ángel de la guarda,
velas mi sueño y me abrazas lo que dura la noche.

Eduardo Sastrías

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