Archivo mensual: diciembre 2011

SACUDIDA

Todo es  movimiento,
inesperado tormento
las paredes en el juego del vaivén
resuenan al presagio  apocalíptico,
el  suelo responde también
preso  de un silencio atípico
el sonar de mis latidos  sucumbe
al incesante repetir de tu nombre.
Eduardo Sastrías
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UN REGALO DE NAVIDAD

Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Juan 15:13

Era la víspera del día de navidad y las familias recorrían las plazas comerciales en busca de los últimos regalos de temporada. Caramelo era uno de esos encantadores perritos que venden en las tiendas de mascotas, de esos que se encuentran detrás de una vitrina enorme de cristal.
– ¿Qué prefieres una muñeca o un perrito? Le preguntó la madre a su hija Alicia quien al ver los ojitos de aquel perro detrás de la vitrina que decían “¡¡¡sáquenme de aquí!!!” no lo pensó dos veces y de inmediato le dijo a su madre, quiero a ese perrito. Así fue que el día anterior a la navidad Caramelo pasó a ser propiedad de la familia Del Toro que se componía de cuatro miembros, Padre, madre y dos hijos un varón llamado Ricardo y una niña llamada Alicia, como su madre.
Todo parecía que Caramelo sería el regalo perfecto para los niños.
Tan pronto llegó a ese hogar le llenaron de cariño y de cosas; la camita, la correa, pelotas, muñecos de plástico, carnazas para morder, chalequitos, Caramelo era la novedad.
Caramelo, así lo llamaron porque era un cachorrito que como decía la madre de Alicia, “te lo quieres comer” por lo que con la palabra “Caramelo” quedó acuñada la placa de la correa del canino. Lo acomodaron en la cocina para que estuviera resguardado del clima y todos a dormir.
A la mañana siguiente el piso de la cocina tenía varios charquitos de pipí, y un par de heces estratégicamente dejadas frente a la puerta de entrada.
Los niños se levantaron más temprano para abrir sus regalos que se encontraban debajo del árbol de navidad y jugar con el otro regalo llamado Caramelo, quien al parecer los esperaba con ansias, como si fuera otro niño. Al verlos ladró con brío de gusto, saltó quedando en dos patas moviendo su colita.
No faltó que alguno de los niños no se percatara de las heces y las pisara embarrando a cada paso parte de las mismas en la alfombra de la escalera.
Caramelo fue creciendo y también su energía, la ropa que solía estar tendida en el patio resultó ser una gran atracción para él, misma que terminaba en el suelo llena de lodo y mordisqueada, algunas de las plantas del jardín quedaron totalmente destruidas por los hoyos que había cavado.
El hecho de que Caramelo no se comportara como un muñeco de peluche comenzó a incomodar a Alicia, la madre de los niños y no faltaba que alguno de ellos lo tratara con brusquedad, sin que recibiera ninguna llamada de atención ni guía para que con el tiempo aprendiera a cuidarlo y respetarlo.
Caramelo fue creciendo y dejando atrás aquella imagen del cachorrito tierno. Ya no tenía su camita sino que dormía afuera en el patio de servicio envuelto en una cobija vieja; cuando llovía tenía que guarecerse en el techito que cubría la lavadora pero inmediatamente era reprendido por la dueña quien creía que iba a morder alguna de las mangueras. Los niños ya no lo tomaban muy en cuenta, aquella emoción del “juguete” navideño había pasado, de hecho su madre les decía que no se acercaran mucho a él pues podría morderlos ya que ahora era un perro “grande”.

Un buen día Rogelio Del Toro, el padre de los niños subió a Caramelo a la camioneta y él muy contento creyó que lo llevaría de paseo, en el trayecto vio como la ciudad quedaba atrás, él se dijo guau, me va a llevar al campo, entonces vio como la camioneta se desviaba a un camino vecinal de terracería que se adentraba en una zona boscosa. ¡Qué bien se dijo, vamos a algún lugar lejos de todo, seguro que correré y jugaremos todo el día!
Cuál fue su sorpresa que al llegar a un paraje, Rogelio abrió la puerta de la camioneta y lo invitó a salir. Caramelo salió todo contento con la creencia de que los dos irían a jugar; se revolcó en la hierba y daba saltos; de repente escuchó un ruido de motor y vio como la camioneta se alejaba. ¡Eh no me dejes, vamos a jugar! se decía mientras corría tras la camioneta, pero ésta desapareció en el horizonte.
Oscureció y el inclemente frío comenzó a hacer estragos en el canino quien rascó la tierra e hizo un pequeño hoyo donde se echó y se hizo bolita acurrucándose para conseguir algo de calor en aquel lecho improvisado, sus tripas comenzaban a reclamar alimento y agua, lamía la hierba con la finalidad de obtener algo de humedad y sabor.
“Te abandonaron, ¿verdad?”, escuchó Caramelo mientras dormitaba, en eso vio una luz intensa que le daba calor, “yo nunca te abandonaré, eres parte de mi plan de salvación para los hombres”. Caramelo movía la cola y se le quedaba viendo como si entendiera cada una de las palabras, de alguna manera parecería que esa emisión le era del todo conocida. “Tienes una misión que cumplir y ha llegado el momento; deberás caminar por la vereda que lleva a la carretera y ahí te estará esperando tu destino”.
A paso lento pero firme siguió las instrucciones que venían de aquella luz. De pronto todo fue oscuridad, ruidos de otros animales corriendo y escondiéndose entre la maleza, Caramelo continuaba su andar sólo guiándose por el olfato.
Se levantaba la aurora de un nuevo día que despertaba, Caramelo tomó un breve descanso después de haber caminado todo lo que quedó de la noche, extrañaba aquellos días en que era mimado y querido, ahora se encontraba en medio de un lugar desconocido y frío tan sólo siguiendo aquella voz interior, “yo nunca te abandonaré”; llegó al entronque de aquel camino vecinal con la carretera, no sabía para donde dirigirse si hacia la derecha o la izquierda o bien cruzar la carretera y continuar por el campo, en medio de esa indecisión, vio que venía una camioneta igual a la de sus dueños, “¡ahí vienen por mí!”, se dijo, “ seguro que se olvidaron de mí y vienen a recogerme” brincó y comenzó a ladrar de alegría a la vez que la camioneta se iba acercando, ya que estuvo lo suficientemente cerca corrió hacia la camioneta y ésta se abalanzó para embestirlo, – ¡Pinche perro de mierda!, se escuchó el insulto en medio del rechinido de los frenos. Caramelo no entendía qué pasaba, su corazón latía a mil por hora, la cola instintivamente se le metió entre las patas y cuando iba a correr casi es atropellado por otro auto que venía en el sentido contrario de la carretera. De la camioneta se bajaron dos jóvenes en estado alcohólico, fumando un porro. Caramelo se regresó al ver el otro auto y se echó debajo de la camioneta en busca de protección, uno de los tipos se subió a la camioneta y la movió de tal manera que golpeó a Caramelo mientras que el otro tipo lo pateaba y le aventaba gasolina, en seguida aventó la “bacha” al charco que había dejado la gasolina, a la vez que corría para alcanzar la camioneta que ya se encontraba huyendo del lugar. Caramelo se vio envuelto en llamas y su dolor se traducía en lastimeros aullidos. Caramelo era una antorcha canina, que había venido al mismo infierno. Creía morir con la peor de las muertes y en sus últimos aullidos llamaba a aquella voz que le había dicho que nunca lo abandonaría…


“¿Cómo se hace para vivir una vida vacía?, ¿Cómo se hace para vivir una vida llena de nada?”, se repetía Mateo en su mente. A la muerte de Esther su mujer, su vida había caído en un abismo cubierto por la negra rutina de sobrevivir los días.

Caramelo sintió de repente como su cuerpo era cubierto y las llamas eran ahogadas, todo era oscuridad, el dolor era insoportable, lanzaba mordidas a ton y son al sentir que lo tocaban, la manta que lo cubría finalmente sirvió como camilla para subirlo al auto, en eso sintió que su cuerpo quedaba atrapado en aquel auto pero algo de él se elevaba como si poseyera alas, desde lo alto seguía a aquel auto que a toda velocidad bajaba de la carretera a la ciudad para llegar a la primera clínica veterinaria.
Desde arriba veía como una persona cargaba con mucho cuidado el cuerpo que una vez fue suyo, era ayudado por un doctor, la piel supuraba llagas por todas partes, una pata rota, el ojo derecho había sido alcanzado por el fuego e irremediablemente tuvo que extraerse. Sueros, antibióticos fueron suministrados a través de cánulas, Caramelo seguía observando su propio cuerpo maltrecho desde las alturas esperando que de un momento a otro ese cuerpo dejara de respirar y finalmente descansara de tanta agresión recibida.
Pasaron varios meses de constantes cuidados, las llagas fueron cicatrizando dejando a su paso las huellas de aquél trágico momento. De no haber sido por Mateo, Caramelo hubiera tenido una de las muertes más crueles y dolorosas. Ahora descansaba en una mullida camita cerca de él.
A partir de aquel trágico suceso la vida de Mateo tomó un giro descomunal, atrás quedaba una vida de soledad y abandono, ahora Mateo recibía todo el cariño que otro ser le pudiera dar, la compañía de Caramelo le brindaba un nuevo objetivo a su triste vida, eran dos seres que algo o alguien había decidido juntarlos para compensar sus propios dolores.
Mateo había quedado viudo hacía ya diez años, nunca tuvo hijos, y desde la muerte de Esther su mujer su vida se había vuelto fría y monótona. Así que Caramelo vino a ser eso que le faltaba en el ocaso de su existencia. A partir de que Caramelo llegó a su vida, ésta parecía haberse teñido de luz y mayor sentido. Todos los días se les veía caminar acompañados el uno del otro por las calles y cuando Mateo salía en el auto, Caramelo corría para subirse al asiento del copiloto.
Mateo incluso se había vuelto más sociable y había reanudado los vínculos con sus demás familiares. Para él su vida cambió el mismo día que vio en la carretera a Caramelo envuelto en llamas. Venía de una población fuera de la ciudad donde le habían dicho que vivía una curandera que era muy efectiva para los casos de cáncer; a Mateo le habían diagnosticado cáncer en el estómago hacía unos meses y se negaba a recibir los tratamientos convencionales, ya que consideraba que las quimioterapias son la antesala a una devastadora agonía.
Una voz le decía que algo importante iba a suceder en ese día, mas nunca creyó que sería el encuentro con Caramelo, jamás pensó que tendría una nueva oportunidad para dar amor a otro ser y ver la vida desde otra perspectiva, paradójicamente más humana. El cáncer ahora era sólo una circunstancia en su existencia, pero Caramelo era una razón de vida.
Caramelo era el mejor compañero que Mateo pudiera tener, de hecho lo había renombrado como Fénix en memoria al ave que renace. Después de los paseos por el parque se echaba junto a Mateo en aquellas tardes de lectura como si él también disfrutara de las letras y de las historias. Por momentos le venían imágenes de aquellos días en que fue el centro de atención de aquella familia quien dijo quererlo, aunque Mateo no era muy comunicativo sí le expresaba ese amor con hechos y con dedicación.Fénix, por su lado, aprendió con un ojo a ver todo el mundo que Mateo le compartía.
El clima comenzaba a ser frío se avecinaban las fiestas navideñas; en esas tardes Fénix se acurrucaba a los pies de Mateo en un cálido silencio que estaba lleno de contacto y comunicación.
Mateo por momentos sentía que su cuerpo se desvanecía debido a los dolores que el cáncer le provocaba. Mientras Mateo acariciaba a Fénix pensaba que esa era precisamente su mejor terapia, acariciar a Fénix, al hacerlo los dolores disminuían y entraba en un estado de relajamiento y armonía que los hacían sentir mejor. Entre sus pensamientos, no dejaba de preocuparle la posibilidad de lo que pudiera llegar a pasar si su estado se agravara y no pudiera atender a Fénix, pero aquel perro parecía entenderlo y restregaba su cabeza en el estómago de Mateo como si sobándole lo quisiera curar.
Era la primera Noche Buena que Mateo y Fénix pasarían juntos desde aquel trágico encuentro. Mateo había invitado a cenar a algunos vecinos y parientes. En la mesa estaban los servicios mudos e impávidos esperando ser ocupados. De la cocina salía un delicioso olor a pavo ahumado con relleno de castañas que se estaba cocinando, las luces del árbol navideño jugaban a través de las ramas. Fénix no dejaba de seguir el recorrido de las luces con la mirada. Al ver a Mateo movió la cola y corrió a querer abrazarlo; en alguna parte de su ser volvía a escuchar aquella frase que parecía ya lejana “yo nunca te abandonaré, eres parte de mi plan de salvación para los hombres”.
Me siento un poco cansado, le dijo Mateo a Fénix, en lo que llegan los invitados me voy a recostar un rato; Fénix lo siguió hasta su recámara y se echó al pie de la cama escuchando el rítmico respirar de Mateo. De repente algo sucedió, aquella respiración se detuvo, Fénix levantó sus orejitas y fijó la mirada hacia lo alto de la cama, los segundos corrían y el silencio era profundo. Fénix brinco a la cama y lamió la cara de Mateo, se quedó quieto esperando alguna reacción…no hubo respuesta, desesperado Fénix ladró con todas su fuerzas, salió de la recámara emitiendo sonoros ladridos como si gritara que había una emergencia, regresó y brincó a la cama, volvió a lamer la cara de Mateo, nuevamente no hubo ninguna reacción, rascó la cama para provocar algún movimiento, de nuevo nada, Fénix gemía y daba vueltas en la cama, finalmente desconsolado echó su cuerpo junto al de su amo acomodando la cabeza en su regazo.
Todo se oscureció, Fénix levantó la cabeza poniéndose en guardia, en eso se escuchó la risa de una criatura, las orejas de Fénix se levantaron queriendo reconocer de dónde venía aquel sonido. Una luz se fue acercando a la recámara y al llegar al quicio de la puerta Fénix vio a un niño muy pequeño que caminaba dando tumbos, con sus manitas le hacía señas de que fuera con él , Fénix brincó y corrió hacia el niño, éste lo acarició a la vez que Fénix le lamía las manos y movía la cola de tanta alegría, el niño reía a carcajadas al sentir la lengua de Fénix en sus manitas, en eso el niño se tambaleó y cuando iba a caer de sentón se detuvo en el lomo de Fénix .
Cobijados por esa luz, aquel balbuceante niño y Fénix salieron de la casa; todo era silencio, tiempo y espacio perdieron su relatividad y se transformaron en una colina que albergaba tres árboles en forma de cruz; el niño levantó su manita y señaló una estrella que brillaba con mayor intensidad que las demás, Fénix fijó su mirada en la estrella que el niño señalaba.
Mateo abrió sus ojos los cuales sentía tan pesados como dos lápidas, a la vez que percibía algo sobre su estómago; bajó la mirada y vio que Fénix se había quedado también dormido. – Fénix despiértate, no tardarán en llegar los invitados, nos hemos quedado dormidos, Fénix no respondía, parecía haberse quedado profundamente dormido, Mateo trató nuevamente de despertarlo pero al moverlo sintió el cuerpo del perro frío y desvanecido… Fénix había fallecido. Mateo lo abrazó con fuerza en medio de un incontrolable y desgarrador llanto, – ¡¡Fénix, Fénix, no me dejes, qué va a ser de mi sin ti!!
En eso sonó el timbre con insistencia. – Ahora voy, ya voy. “Han de ser los invitados”, se dijo Mateo secándose las lágrimas y dejando a un lado el cuerpo de su adorado compañero. Se dirigió a la puerta, una vez que la abrió no había nadie, volteó para un lado y para el otro, nada, sólo una pluma blanca revoloteaba sutilmente al ritmo de la brisa invernal, Mateo abatido regresó a la recámara, Fénix ya no se encontraba ahí, por un momento se llenó de gozo al creer que había despertado y se había ido a algún lugar de la casa, sin embargo no lo encontró por ningún lado, aquella pluma fue a dar sobre el vidrio de la ventana, como si algo le quisiera decir, al verla Mateo entonces recordó aquel extraño viaje que había tenido mientras se quedó en aquella muerte dormida, le vinieron las imágenes de Fénix y él frente a un Ser de Luz quien se dirigía a Fénix poniendo su mano con delicadeza sobre su cabeza “yo nunca te he abandonado, has sido parte de mi plan de salvación para este hombre, ha llegado el momento que regreses a mi lado a formar parte de la corte celestial de ángeles; hombre le dijo a Mateo tu bondad te ha curado”.
En ese momento Mateo entendió cuán grande fue el amor de aquel ángel de cuatro patas que dio su vida a cambio de la de él.
Esa noche Fénix pasó a ser el mejor regalo de navidad… su ángel de la guarda.

Eduardo Sastrías Bordes

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UN REGALO DE NAVIDAD

Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Juan 15:13

Era la víspera del día de navidad y las familias recorrían las plazas comerciales en busca de los últimos regalos de temporada. Caramelo era uno de esos encantadores perritos que venden en las tiendas de mascotas, de esos que se encuentran detrás de una vitrina enorme de cristal.
– ¿Qué prefieres una muñeca o un perrito? Le preguntó la madre a su hija Alicia quien al ver los ojitos de aquel perro detrás de la vitrina que decían “¡¡¡sáquenme de aquí!!!” no lo pensó dos veces y de inmediato le dijo a su madre, quiero a ese perrito. Así fue que el día anterior a la navidad Caramelo pasó a ser propiedad de la familia Del Toro que se componía de cuatro miembros, Padre, madre y dos hijos un varón llamado Ricardo y una niña llamada Alicia, como su madre.
Todo parecía que Caramelo sería el regalo perfecto para los niños.
Tan pronto llegó a ese hogar le llenaron de cariño y de cosas; la camita, la correa, pelotas, muñecos de plástico, carnazas para morder, chalequitos, Caramelo era la novedad.
Caramelo, así lo llamaron porque era un cachorrito que como decía la madre de Alicia, “te lo quieres comer” por lo que con la palabra “Caramelo” quedó acuñada la placa de la correa del canino. Lo acomodaron en la cocina para que estuviera resguardado del clima y todos a dormir.
A la mañana siguiente el piso de la cocina tenía varios charquitos de pipí, y un par de heces estratégicamente dejadas frente a la puerta de entrada.
Los niños se levantaron más temprano para abrir sus regalos que se encontraban debajo del árbol de navidad y jugar con el otro regalo llamado Caramelo, quien al parecer los esperaba con ansias, como si fuera otro niño. Al verlos ladró con brío de gusto, saltó quedando en dos patas moviendo su colita.
No faltó que alguno de los niños no se percatara de las heces y las pisara embarrando a cada paso parte de las mismas en la alfombra de la escalera.
Caramelo fue creciendo y también su energía, la ropa que solía estar tendida en el patio resultó ser una gran atracción para él, misma que terminaba en el suelo llena de lodo y mordisqueada, algunas de las plantas del jardín quedaron totalmente destruidas por los hoyos que había cavado.
El hecho de que Caramelo no se comportara como un muñeco de peluche comenzó a incomodar a Alicia, la madre de los niños y no faltaba que alguno de ellos lo tratara con brusquedad, sin que recibiera ninguna llamada de atención ni guía para que con el tiempo aprendiera a cuidarlo y respetarlo.
Caramelo fue creciendo y dejando atrás aquella imagen del cachorrito tierno. Ya no tenía su camita sino que dormía afuera en el patio de servicio envuelto en una cobija vieja; cuando llovía tenía que guarecerse en el techito que cubría la lavadora pero inmediatamente era reprendido por la dueña quien creía que iba a morder alguna de las mangueras. Los niños ya no lo tomaban muy en cuenta, aquella emoción del “juguete” navideño había pasado, de hecho su madre les decía que no se acercaran mucho a él pues podría morderlos ya que ahora era un perro “grande”.

Un buen día Rogelio Del Toro, el padre de los niños subió a Caramelo a la camioneta y él muy contento creyó que lo llevaría de paseo, en el trayecto vio como la ciudad quedaba atrás, él se dijo guau, me va a llevar al campo, entonces vio como la camioneta se desviaba a un camino vecinal de terracería que se adentraba en una zona boscosa. ¡Qué bien se dijo, vamos a algún lugar lejos de todo, seguro que correré y jugaremos todo el día!
Cuál fue su sorpresa que al llegar a un paraje, Rogelio abrió la puerta de la camioneta y lo invitó a salir. Caramelo salió todo contento con la creencia de que los dos irían a jugar; se revolcó en la hierba y daba saltos; de repente escuchó un ruido de motor y vio como la camioneta se alejaba. ¡Eh no me dejes, vamos a jugar! se decía mientras corría tras la camioneta, pero ésta desapareció en el horizonte.
Oscureció y el inclemente frío comenzó a hacer estragos en el canino quien rascó la tierra e hizo un pequeño hoyo donde se echó y se hizo bolita acurrucándose para conseguir algo de calor en aquel lecho improvisado, sus tripas comenzaban a reclamar alimento y agua, lamía la hierba con la finalidad de obtener algo de humedad y sabor.
“Te abandonaron, ¿verdad?”, escuchó Caramelo mientras dormitaba, en eso vio una luz intensa que le daba calor, “yo nunca te abandonaré, eres parte de mi plan de salvación para los hombres”. Caramelo movía la cola y se le quedaba viendo como si entendiera cada una de las palabras, de alguna manera parecería que esa emisión le era del todo conocida. “Tienes una misión que cumplir y ha llegado el momento; deberás caminar por la vereda que lleva a la carretera y ahí te estará esperando tu destino”.
A paso lento pero firme siguió las instrucciones que venían de aquella luz. De pronto todo fue oscuridad, ruidos de otros animales corriendo y escondiéndose entre la maleza, Caramelo continuaba su andar sólo guiándose por el olfato.
Se levantaba la aurora de un nuevo día que despertaba, Caramelo tomó un breve descanso después de haber caminado todo lo que quedó de la noche, extrañaba aquellos días en que era mimado y querido, ahora se encontraba en medio de un lugar desconocido y frío tan sólo siguiendo aquella voz interior, “yo nunca te abandonaré”; llegó al entronque de aquel camino vecinal con la carretera, no sabía para donde dirigirse si hacia la derecha o la izquierda o bien cruzar la carretera y continuar por el campo, en medio de esa indecisión, vio que venía una camioneta igual a la de sus dueños, “¡ahí vienen por mí!”, se dijo, “ seguro que se olvidaron de mí y vienen a recogerme” brincó y comenzó a ladrar de alegría a la vez que la camioneta se iba acercando, ya que estuvo lo suficientemente cerca corrió hacia la camioneta y ésta se abalanzó para embestirlo, – ¡Pinche perro de mierda!, se escuchó el insulto en medio del rechinido de los frenos. Caramelo no entendía qué pasaba, su corazón latía a mil por hora, la cola instintivamente se le metió entre las patas y cuando iba a correr casi es atropellado por otro auto que venía en el sentido contrario de la carretera. De la camioneta se bajaron dos jóvenes en estado alcohólico, fumando un porro. Caramelo se regresó al ver el otro auto y se echó debajo de la camioneta en busca de protección, uno de los tipos se subió a la camioneta y la movió de tal manera que golpeó a Caramelo mientras que el otro tipo lo pateaba y le aventaba gasolina, en seguida lanzó la “bacha” al charco que había dejado la gasolina, a la vez que corría para alcanzar la camioneta que ya se encontraba huyendo del lugar. Caramelo se vio envuelto en llamas y su dolor se traducía en lastimeros aullidos. Caramelo era una antorcha canina, que había venido al mismo infierno. Creía morir con la peor de las muertes y en sus últimos aullidos llamaba a aquella voz que le había dicho que nunca lo abandonaría…


“¿Cómo se hace para vivir una vida vacía?, ¿Cómo se hace para vivir una vida llena de nada?”, se repetía Mateo en su mente. A la muerte de Esther su mujer, su vida había caído en un abismo cubierto por la negra rutina de sobrevivir los días.

Caramelo sintió de repente como su cuerpo era cubierto y las llamas eran ahogadas, todo era oscuridad, el dolor era insoportable, lanzaba mordidas a ton y son al sentir que lo tocaban, la manta que lo cubría finalmente sirvió como camilla para subirlo al auto, en eso sintió que su cuerpo quedaba atrapado en aquel auto pero algo de él se elevaba como si poseyera alas, desde lo alto seguía a aquel auto que a toda velocidad bajaba de la carretera a la ciudad para llegar a la primera clínica veterinaria.
Desde arriba veía como una persona cargaba con mucho cuidado el cuerpo que una vez fue suyo, era ayudado por un doctor, la piel supuraba llagas por todas partes, una pata rota, el ojo derecho había sido alcanzado por el fuego e irremediablemente tuvo que extraerse. Sueros, antibióticos fueron suministrados a través de cánulas, Caramelo seguía observando su propio cuerpo maltrecho desde las alturas esperando que de un momento a otro ese cuerpo dejara de respirar y finalmente descansara de tanta agresión recibida.
Pasaron varios meses de constantes cuidados, las llagas fueron cicatrizando dejando a su paso las huellas de aquél trágico momento. De no haber sido por Mateo, Caramelo hubiera tenido una de las muertes más crueles y dolorosas. Ahora descansaba en una mullida camita cerca de él.
A partir de aquel trágico suceso la vida de Mateo tomó un giro descomunal, atrás quedaba una vida de soledad y abandono, ahora Mateo recibía todo el cariño que otro ser le pudiera dar, la compañía de Caramelo le brindaba un nuevo objetivo a su triste vida, eran dos seres que algo o alguien había decidido juntarlos para compensar sus propios dolores.
Mateo había quedado viudo hacía ya diez años, nunca tuvo hijos, y desde la muerte de Esther su mujer su vida se había vuelto fría y monótona. Así que Caramelo vino a ser eso que le faltaba en el ocaso de su existencia. A partir de que Caramelo llegó a su vida, ésta parecía haberse teñido de luz y mayor sentido. Todos los días se les veía caminar acompañados el uno del otro por las calles y cuando Mateo salía en el auto, Caramelo corría para subirse al asiento del copiloto.
Mateo incluso se había vuelto más sociable y había reanudado los vínculos con sus demás familiares. Para él su vida cambió el mismo día que vio en la carretera a Caramelo envuelto en llamas. Venía de una población fuera de la ciudad donde le habían dicho que vivía una curandera que era muy efectiva para los casos de cáncer; a Mateo le habían diagnosticado cáncer en el estómago hacía unos meses y se negaba a recibir los tratamientos convencionales, ya que consideraba que las quimioterapias son la antesala a una devastadora agonía.
Una voz le decía que algo importante iba a suceder en ese día, mas nunca creyó que sería el encuentro con Caramelo, jamás pensó que tendría una nueva oportunidad para dar amor a otro ser y ver la vida desde otra perspectiva, paradójicamente más humana. El cáncer ahora era sólo una circunstancia en su existencia, pero Caramelo era una razón de vida.
Caramelo era el mejor compañero que Mateo pudiera tener, de hecho lo había renombrado como Fénix en memoria al ave que renace. Después de los paseos por el parque se echaba junto a Mateo en aquellas tardes de lectura como si él también disfrutara de las letras y de las historias. Por momentos le venían imágenes de aquellos días en que fue el centro de atención de aquella familia quien dijo quererlo, aunque Mateo no era muy comunicativo sí le expresaba ese amor con hechos y con dedicación. Fénix, por su lado, aprendió con un ojo a ver todo el mundo que Mateo le compartía.
El clima comenzaba a ser frío se avecinaban las fiestas navideñas; en esas tardes Fénix se acurrucaba a los pies de Mateo en un cálido silencio que estaba lleno de contacto y comunicación.
Mateo por momentos sentía que su cuerpo se desvanecía debido a los dolores que el cáncer le provocaba. Mientras Mateo acariciaba a Fénix pensaba que esa era precisamente su mejor terapia, acariciar a Fénix, al hacerlo los dolores disminuían y entraba en un estado de relajamiento y armonía que los hacían sentir mejor. Entre sus pensamientos, no dejaba de preocuparle la posibilidad de lo que pudiera llegar a pasar si su estado se agravara y no pudiera atender a Fénix, pero aquel perro parecía entenderlo y restregaba su cabeza en el estómago de Mateo como si sobándole lo quisiera curar.
Era la primera Noche Buena que Mateo y Fénix pasarían juntos desde aquel trágico encuentro. Mateo había invitado a cenar a algunos vecinos y parientes. En la mesa estaban los servicios mudos e impávidos esperando ser ocupados. De la cocina salía un delicioso olor a pavo ahumado con relleno de castañas que se estaba cocinando, las luces del árbol navideño jugaban a través de las ramas. Fénix no dejaba de seguir el recorrido de las luces con la mirada. Al ver a Mateo movió la cola y corrió a querer abrazarlo; en alguna parte de su ser volvía a escuchar aquella frase que parecía ya lejana “yo nunca te abandonaré, eres parte de mi plan de salvación para los hombres”.
Me siento un poco cansado, le dijo Mateo a Fénix, en lo que llegan los invitados me voy a recostar un rato; Fénix lo siguió hasta su recámara y se echó al pie de la cama escuchando el rítmico respirar de Mateo. De repente algo sucedió, aquella respiración se detuvo, Fénix levantó sus orejitas y fijó la mirada hacia lo alto de la cama, los segundos corrían y el silencio era profundo. Fénix brinco a la cama y lamió la cara de Mateo, se quedó quieto esperando alguna reacción…no hubo respuesta, desesperado Fénix ladró con todas su fuerzas, salió de la recámara emitiendo sonoros ladridos como si gritara que había una emergencia, regresó y brincó a la cama, volvió a lamer la cara de Mateo, nuevamente no hubo ninguna reacción, rascó la cama para provocar algún movimiento, de nuevo nada, Fénix gemía y daba vueltas en la cama, finalmente desconsolado echó su cuerpo junto al de su amo acomodando la cabeza en su regazo.
Todo se oscureció, Fénix levantó la cabeza poniéndose en guardia, en eso se escuchó la risa de una criatura, las orejas de Fénix se levantaron queriendo reconocer de dónde venía aquel sonido. Una luz se fue acercando a la recámara y al llegar al quicio de la puerta Fénix vio a un niño muy pequeño que caminaba dando tumbos, con sus manitas le hacía señas de que fuera con él , Fénix brincó y corrió hacia el niño, éste lo acarició a la vez que Fénix le lamía las manos y movía la cola de tanta alegría, el niño reía a carcajadas al sentir la lengua de Fénix en sus manitas, en eso el niño se tambaleó y cuando iba a caer de sentón se detuvo en el lomo de Fénix .
Cobijados por esa luz, aquel balbuceante niño y Fénix salieron de la casa; todo era silencio, tiempo y espacio perdieron su relatividad y se transformaron en una colina que albergaba tres árboles en forma de cruz; el niño levantó su manita y señaló una estrella que brillaba con mayor intensidad que las demás, Fénix fijó su mirada en la estrella que el niño señalaba.
Mateo abrió sus ojos los cuales sentía tan pesados como dos lápidas, a la vez que percibía algo sobre su estómago; bajó la mirada y vio que Fénix se había quedado también dormido. – Fénix despiértate, no tardarán en llegar los invitados, nos hemos quedado dormidos, Fénix no respondía, parecía haberse quedado profundamente dormido, Mateo trató nuevamente de despertarlo pero al moverlo sintió el cuerpo del perro frío y desvanecido… Fénix había fallecido. Mateo lo abrazó con fuerza en medio de un incontrolable y desgarrador llanto, – ¡¡Fénix, Fénix, no me dejes, qué va a ser de mi sin ti!!
En eso sonó el timbre con insistencia. – Ahora voy, ya voy. “Han de ser los invitados”, se dijo Mateo secándose las lágrimas y dejando a un lado el cuerpo de su adorado compañero. Se dirigió a la puerta, una vez que la abrió no había nadie, volteó para un lado y para el otro, nada, sólo una pluma blanca revoloteaba sutilmente al ritmo de la brisa invernal, Mateo abatido regresó a la recámara, Fénix ya no se encontraba ahí, por un momento se llenó de gozo al creer que había despertado y se había ido a algún lugar de la casa, sin embargo no lo encontró por ningún lado, aquella pluma fue a dar sobre el vidrio de la ventana, como si algo le quisiera decir, al verla Mateo entonces recordó aquel extraño viaje que había tenido mientras se quedó en aquella muerte dormida, le vinieron las imágenes de Fénix y él frente a un Ser de Luz quien se dirigía a Fénix poniendo su mano con delicadeza sobre su cabeza “yo nunca te he abandonado, has sido parte de mi plan de salvación para este hombre, ha llegado el momento que regreses a mi lado a formar parte de la corte celestial de ángeles; hombre le dijo a Mateo tu bondad te ha curado”.
En ese momento Mateo entendió cuán grande fue el amor de aquel ángel de cuatro patas que dio su vida a cambio de la de él.
Esa noche Fénix pasó a ser el mejor regalo de navidad… su ángel de la guarda.

Eduardo Sastrías Bordes

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