EL ECLIPSE



Desde el día anterior la veía cómo se asomaba una y otra vez por la ventana que da a la calle, reflejaba cierta ansiedad como si estuviera a la espera de alguien.
Su mirada era taciturna y pareciera que su mente estuviera  divagando por otros mundos. El sonido del agua hirviente de la sopa que preparaba en la cocina la volvió a la realidad.
Casi veintiún años habían pasado desde aquel día en que el cielo se oscureció presagiando la muerte de su amado.  Nada pudo sacarla de aquel eterno trance. En su interior estaba segura que Adrián regresaría por ella en cualquier momento.
Aquel día habían quedado de encontrarse cerca de la Alameda Central, era ya casi la una de la tarde y Mariana caminaba a paso veloz para llegar puntual a la cita; en eso  todo fue silencio, las aves volaban de regreso a sus nidos. El viento tenía un cierto acento frío.  El cielo comenzó a oscurecerse.  Mariana corrió al primer techo para guarecerse de la tormenta; sin embargo ninguna gota de agua cayó. Se rió de sí misma  al ver la mirada expectante de las demás personas al cielo, el sol era ocultado por la luna.  Una energía extraña le cubrió de armonía, tenía la sensación de que el cosmos y ella eran uno mismo. La luna continuó su órbita dejando atrás la penumbra, el ruido de los autos rompió el encanto, a lo lejos se escuchaba una ambulancia, la gente volvió a su autómata andar. Cruzó la avenida para ingresar a la alameda, vio un montón de gente que se había detenido a observar algo en el suelo.  De entre ellos salían unos paramédicos cargando una camilla. Mariana se acercó y notó como una parvada de palomas volaban al paso de la camilla. No lo podía creer, Adrián había cerrado sus ojos para siempre antes de que ella llegara.  Con permiso señorita dijo el camillero, es, es mi novio apenas alcanzó a decir Mariana.  Lo siento acaba de fallecer, un infarto, acompáñenos, ¿sabe si tiene familiares?…
De nuevo Las aves han regresado  a sus nidos, las arañas corren en busca de su telar, los nudos se han desatado, el silencio es total, el viento sopla con gran intensidad. El volcán se ha coronado con la ceniza que exhala, las espigas danzan al ritmo de una melodía que susurra la palabra “beautiful”. El sol ha muerto por unos minutos cubriendo el cielo de luto. El sonido de los cohetes que ahuyentan los demonios rompe el silencio, Mariana despierta de su letargo.
Al igual que hace casi veintiún años su vida ha quedado  en espera de algo. Hoy más que nunca ella sabe que el tiempo se ha cumplido. Por unos minutos la paz colmó el firmamento y nos miró a todos.
Mi pequeño perro se acurrucó entre mis pies mientras el sol danzaba en camino a su ocaso. Sentado desde la banqueta yo aún la veía. 
Subió las escaleras para llegar a la terraza, alzó sus brazos y dio un gran salto; de su espalda, como si le hubieran pertenecido desde siempre, brotaron un par de enormes alas. Emprendió así el vuelo hasta perderse en las nubes que se habían teñido de rojo.                                         
                                                                               Eduardo Sastrías
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