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EN EL PAÍS DE LOS MUERTOS


Los muertos ya no se pueden esconder, están por todos lados, viven en fosas clandestinas que gritan una a una haciendo miles que claman por justicia, no son los muertos los que hieden son los años de corrupción y de mal gobierno que han ido pudriendo a este país de flores para cubrir a sus muertos.
La muerte ya no se ríe como José Guadalupe Posada la pintaba, no, ella vive horrorizada de tanta desvergüenza que ve.
Un país de muertos vivientes que viven en sus cómodas cajas de afamados fraccionamientos donde se esconden de la realidad que como sombra fantasmal va creciendo.
Miles de caras que caminan por las calles, la muerte ahora las ha tomado a todas y les ha puesto por nombre Ayotzinapa .
El México y sus tradiciones que hablan del color y la textura el papel picado que el aire mueve cuando las ánimas llegan a departir de los alimentos y golosinas de su altar llora frente a las veladoras que elevan su luz y el  humo hacia el limbo de los que descansan en paz, aquellos que  regresan en una noche también para pedir no sólo justicia sino un digno entierro y no permanecer  en la nada que los ha convertido el narcogobierno .
El incienso no puede limpiar tanta inequidad, tanta porquería  y tanta desvergüenza.
La muerte es la burla que hacen los políticos a su pueblo y le ponen por nombre “daños colaterales”.
 México un país vestido de  luto con las manos teñidas de rojo y hundido en una gran fosa clandestina.  Es así que me resulta tan difícil escribir sobre el día de muertos en un país de muertos, en un país donde el día de muertos ya es un evento diario. 
“Dejad que los muertos lloren a sus muertos”  palabras bíblicas que hoy en día cobran un especial significado en un país de muertos donde ser joven y pensar es un delito.

Eduardo Sastrías  
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EL CIELO DE LOS PRESOS

Original de Mauricio Bañuelos
Dirección Mauricio Bañuelos

Elenco

Chuy….…Gilberto Alanís
Ramiro… Aarón Balderi
Miguel..… David Bernal
Morales …Diego Cornejo
Simón…….Amador Martínez
Pastrana…José Luis Pérez “Güicho””
Marisela….Ximena Sastrías
Producción Ejecutiva …Marco A. Morales
Música original y escenografía… José Fuchis
Diseño de iluminación…..Sara Alcantar
Diseño Gráfico…. Diego Del Castillo
Fotografía Publicitaría …Pável Cabrera
Teatro La Capilla
Madrid 13, Coyoacán, Del Carmen, 04100 Ciudad de México, Distrito Federal
Hay algunos sueños que duran sólo una noche y otros quieren permanecer pero la historia y el poder los esfuman hasta quedar en un nebuloso recuerdo, es así que en este país la historia se escribe a través del olvido como dice Milan Kundera en su fragmento “ La Broma” – Todo será olvidado y nada será reparado.
Sólo cuando se es joven se puede soñar sin miedo y lanzarse al riesgo para sublimar el acto suicida.
El 2 de octubre del 1968,en México,  los sueños se tiñeron de rojo , el cielo dejó de ser azul para convertirse en uno de concreto  y acero. Los cuerpos, cadáveres del olvido, salían del “Campo Militar Número Uno” apilados como trozos de basura en camiones que escondían el horror, algunos nunca salieron, fueron quizá incinerados, desaparecidos, esfumados.
Los daños colaterales son los hijos, los hermanos, los padres…la patria violada.
El Cielo de los Presos una obra tan vigente que camina a través de las circunstancias  que se han perpetuado en el tiempo coludidas con esa amnesia, silente mordaza, que sólo los medios han sabido atar.

 Eduardo Sastrías 

                                                                                                                                                  

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EL CUADRO


Les inspiraba miedo, ese miedo propio de la ignorancia o del desconocimiento de las cosas, quizá semejaba  la relación con aquel lado oscuro del alma que nadie quiere enfrentar, fue entonces rechazado una y otra vez y pasado de mano en mano hasta que llegó a mí.
Yo lo recibí con agrado en calidad de préstamo, ya que el cuadro tenía un gran valor económico.
Al llegar a la casa ya tenía yo la pared preparada donde recibirlo. Recién llevaba unos meses de  haber llegado a ese departamento que había adquirido con mucha ilusión y que significó     “la marca”  del antes y del después en mi vida. 
Los años hicieron lo que mejor saben hacer, correr,  y aquél cuadro fue testigo de  penurias, frío, soledad, enfermedad, desamor, pobreza, injurias, envidias, rencores, golpes bajos, todo tipo de pérdidas, muerte.
En cada lugar donde vivía le preparaba su pared especial, fueron muchos años y muchos lugares y ciudades donde este cuadro me fue acompañando, tanto que por costumbre, por rutina, por compañía o qué se yo,  ya formaba parte de mi historia de vida.
Un buen día mientras caminaba por un parque  me encontré con la novedad de que había una exposición pictórica al aire libre, varios artistas exponían sus obras con la intención de recabar fondos para obras de caridad.  Había de todo, desde pinturas ya tan trilladas como bodegones  dignos de calendarios de cocina, flores de todos colores y formas, más frutas que en el mismo paraíso, payasos que reían y lloraban, niños con alucinaciones de su ángel de la guarda, en fin mucho de lo mismo; estaba ya por dar la vuelta y seguir mi camina un tanto hastiado de ver tanta pintura mediocre cuando como si alguien me detuviera por el hombro  volteé y a mi izquierda vi un maravilloso lienzo lleno de líneas colores, formas asimétricas y símbolos, colores, muchos colores que gritaban con desespero soy tuyo , soy tuyo.
Al ver mi cara el autor de dicha obra me dijo “le gustó, ¿verdad?”  Yo casi podía articular palabras, estaba atónito y extasiado navegando entre aquellas líneas y colores como si yo mismo fuera el pincel creador.
Revisé mi cartera con la intención de llevarme a casa ese cuadro que tanto me había gustado, pero  la triste realidad de los últimos tiempos se veía reflejada en ella.  
¿Cuánto cuesta? Pregunté por no quedarme con la duda, sabía de antemano que la cantidad que traía en la cartera apenas podría alcanzar para pagar el material del que estaba hecho. Muchas gracias contesté en automático después de que el artista me indicó el precio, la verdad que no había puesto mucha atención a lo que me decía, estaba yo tan sumergido en aquel mundo de líneas y colores y sabía que ese tipo de pinturas estaba vedado para mi economía tanto así, que  la verdad creo que ni quería escuchar el precio. Seguí  caminando unos pasos cuando algo en mi mente me grito  “Sí te alcanza lo que tienes en tu cartera para ese cuadro”, revisé de nuevo  lo que tenía en la cartera que estaba más bien llena de papelitos que servían de recordatorios, credenciales y alguna que otra tarjeta de identificación , tan sólo unos cuantos billetes que no era mucho, ese cuadro no podía tener ese precio; regresé e insistí, seguro esto es lo que cuesta el cuadro, con una sonrisa casi paternal el artista me dijo , sí, lléveselo, yo lo veía extasiado, apenas podía creer que ese mundo de trazos y colores me iba a pertenecer. Sin dudarlo saqué los escasos billetes que tenía en la cartera y le pagué al artista.
Cuando  tomé el cuadro sentí que el lienzo me abrazaba y me mimaba, mi cuerpo se estremecía y mi sangre cantaba de alegría, de tal manera que mis pasos semejaban pequeños brincos.
Al llegar al quiosco del parque regresé la mirada hacia el pasillo de cuadros donde había tenido este maravilloso encuentro y no había un solo cuadro. Caminé hacia el otro pasillo y estaban unas  sábanas sobre el suelo llenas de  pulseras, inciensos y baratijas hippy , la gente pasaba y veía con cierta curiosidad el cuadro que llevaba yo cargando , está precioso me decía uno, dónde lo consiguió me preguntaba otro, usted los pinta preguntó uno más, la gente, el incienso, el caminar en círculos alrededor del quiosco , todo me daba mareaba, me sentía débil casi a punto de desfallecer ahí mismo, mi corazón bombeaba con rapidez la sangre que mi cuerpo necesitaba para oxigenarse.
Como pude alcancé una banca del parque y me senté, recargué mi cabeza sobre el marco del lienzo y cerré mis ojos jadeando.  ¿Qué había sucedido, qué me pasaba? Sentía una gran angustia, me preguntaba si habría perdido la memoria  o mi mente me estaba jugando una mala broma, era esto un mal sueño, qué había sucedido en realidad.
Ahí estaba soportándome en el marco del  lienzo de aquel maravilloso cuadro que había comprado con apenas unos billetes… revisé mi cartera y seguía ahí la misma cantidad de dinero que tenía cuando salí de casa. Todo era tan confuso, tenía sentimientos encontrados, por un lado ese cuadro me brindaba una gran paz, gozo y fe en el mundo, por otro lado las circunstancias de cómo llegó a mis manos eran extrañas, casi fantasmales.
Llegué a la casa y ahí estaba a la entrada aquel cuadro discriminado que me había acompañado por tantísimos años. Sin pensarlo lo descolgué y medí el espacio de esa pared para colocar mi nueva adquisición, sería sólo cuestión de subir un poco el clavo y mi nuevo cuadro quedaría perfecto en aquel recibidor.
Pero qué haré con este cuadro “prestado”, lo mejor será devolverlo, aunque ya son tantos años que hemos compartido  juntos tantas penurias.
En unos cuantos minutos el nuevo cuadro estaba ya colgado dando luz y color a la pared y a la entrada de la casa.
El otro cuadro había perdido su pared y no hay  en toda la casa otra pared donde colocarlo, por lo que mientras lo devuelvo a su dueño original lo guardaré, con cuidado lo envolví en material espumoso para evitar cualquier maltrato, luego y lo acomodé dentro de una bolsa negra , al meterlo en la bolsa sentí que el lienzo temblaba  , pero lo atribuí a mi poca destreza en empacar, las puntas de la bolsa negra quedaron como los cuernos del personaje de la pintura, lo coloqué mientras junto a una pared y me fui a dormir.
La noche transcurrió en medio de pesadillas que me hacían despertar con sobresaltos, todo está bien, todo está bien, me repetía, empezaba a racionalizar mi malestar, seguro que te cayó mal la cena, al poco tiempo el insistente ladrido de mis perros me volvió a despertar, un olor extraño terminó de volver en mí, encendí  la luz y la recámara estaba impregnada de una densa niebla, o al menos eso parecía aunque el olor era un tanto ácido, me levanté a verificar por toda la casa de dónde provenía esa especie de niebla cuando tropecé con mis perros que yacían en el quicio de la puerta , parecía como si hubieran entrado en un profundo sueño al intentar salir de la casa, seguro esta niebla los ha anestesiado, los moví varias veces y no despertaban , sus cuerpos yacían lacios sin fuerza. Mis palabras se ahogaron a la vez que me llevaba las manos a la cara, el frío de sus cuerpecitos indicaba que la vida los había abandonado.
No comprendía qué había pasado, esto parecía un mal sueño, un terrible sueño, tomé a uno de mis perros y lo abracé, su cabecita le colgaba sin fuerza, tenía la ilusión de que con el calor de mi abrazo despertara de aquel sueño letal. Mis lágrimas caían sin remedio, mi cuerpo titiritaba también de frío, de miedo y de coraje, no entendía nada sólo caminaba como un autómata hacia la puerta de entrada con mi perrito en los brazos, la niebla era cada vez más densa, a cada paso que daba parecía que mis pies se hundían en la nada, tenía que llegar a la puerta o a una ventana, lo que encontrara primero para que entrara aire fresco y limpiara este sórdido ambiente.
Al dar unos pasos más, y estar cerca del recibidor, el frío se había intensificado , la reacción de mi nariz fue la de producirme un buen de estornudos, y que el frío saliera de mi cuerpo  poniéndoseme la piel de gallina, me aventuré a abrir la puerta que ya tenía frente a mí, el corazón palpitaba desenfrenadamente, sabía que afuera “algo” me estaría esperando, con cuidado dejé el cadáver de mi perrito sobre el suelo y tomé uno de los bambúes de la decoración como medio de protección; al tocar la cerradura con mi mano, sentí que ésta casi se pegaba  por lo congelada que estaba la chapa, forcé la perilla para poder abrir, al lograrlo, levanté con mi otra mano el bambú  como reacción defensiva en espera de ser atacado. La niebla salió despavorida rozando mi cuerpo como una lija helada, algo la succionaba con fuerza, el frío se fue con ella y la luz del farol de la calle alcanzó a iluminar la entrada de la casa, no había nadie en absoluto, el silencio era sepulcral se había adueñado del  lugar , era uno de esos silencios que anuncian que la tormenta está por llegar.
Estaba por cerrar la puerta cuando algo me instó a mirar hacia la pared donde había colgado mi nuevo cuadro… ¡Ya no estaba ahí ¡ había desaparecido o se lo habían robado, o quizá se hubiera caído, encendí la luz para asegurarme y  la pared vacía se reía de mí, no había rastro de aquel cuadro recién adquirido, mi mente se sentía perdida entre los acontecimientos, se preguntaba si en verdad habría traído ese cuadro a la casa o sólo fue una fantasía. Corrí hacia la bodega donde había guardado el cuadro anterior y éste tampoco estaba, en eso escuché que alguien martillaba una pared de la casa y unas carcajadas socarronas.
Me dirigí a toda prisa a donde provenían esas carcajadas, llegué de nuevo al vestíbulo de la casa y ahí estaba colgado  en la pared  de nuevo el cuadro que había guardado momentos antes en la bodega , los ojos del personaje brillaban como rayos de fuego y su gesto había adquirido una mueca que le daba una expresión maléfica .
“Eres mío”  salió una voz proveniente del cuadro, “¿Creías que yo te pertenecía?  Soltó de nuevo una carcajada, qué equivocado has estado estos últimos años.  La mirada de aquellos ojos me tenían paralizado en un instante pasó por mi mente el lapso de mi vida desde que llegó aquél cuadro a mí , años enteros de penurias, angustias, abandonos,  enfermedad tras enfermedad, puertas que se cerraban, amigos que inexplicablemente se iban, mi vida había entrado en una pesadilla que duraba ya muchos años.
Mi primera reacción fue la de tomar el cuadro y tirarlo muy lejos de la casa para luego prenderle fuego,  fui entonces por un frasco de gasolina blanca que tenía guardado y usaba para quitar las manchas de la ropa, luego bajé a la cocina por una caja de fósforos, metí todo en un morral  y me fui directo al cuadro para descolgarlo, al tocar el marco mis manos sintieron un calor que las quemaba, el marco ardía como metal al rojo vivo, corrí de nuevo a la cocina por unos trapos húmedos  y con ayuda de ellos logré bajarlo del clavo que lo sostenía, al bajarlo me percaté que de la pared donde estaba  el clavo salía un hilo de sangre.
Al momento que bajaba el cuadro, aquellas risotadas me estremecían y pareciera que golpeaban mi cerebro provocándome un gran dolor, por fin pude descolgarlo y corrí hacia afuera  de la casa, lo tiré y le prendí fuego, las llamas crecieron con gran rapidez y se abalanzaban hacia mí como queriendo hacerme parte de ellas, en un intento de correr de regreso a la casa mi cuerpo quedó paralizado a la vez que de mis ojos brotaba el reflejo de las llamas cada vez más cercanas y mayores.  Mi piel resentía el calor tan fuerte que comenzó a producir ámpulas en tan sólo unos minutos más seguro acabaría chamuscado y consumido por el fuego. En eso una providencial tormenta se desencadenó apagando aquel fuego y refrescando mi piel quemada, un viento se desató como salido de aquel cuadro que no había logrado quemarse, agua, viento,  fuego y yo habíamos sido los elementos que aquel cuadro manejaba a su antojo. Las risotadas no tardaron en escucharse de nuevo. El viento me aprisionaba y me llevaba en círculos hasta el centro mismo de aquel cuadro. Silencio, un silencio profundo me ahoga…No soy yo más, soy una pintura atrapada en un lienzo.

©Eduardo Sastrías  

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TERROR NOCTURNO

TERROR NOCTURNO

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20 octubre, 2013 · 9:29 pm

TRECE


El número cabalístico
espanta a cualquiera  que en él cree.
Trece  los pasos  que bailan con la muerte
en su danza  tocan los tambores
anunciando los trece años que rompen la inocencia.
Trece descubren el paso de la adolescencia
trece jugadores del sexo.
Eduardo Sastrías 

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THE PENDING BRIDGE (La muerte incompleta)

“La vida es lo poco que nos sobra de la muerte” Walt Whitman

Hoy en especial, ha sido una tarde húmeda, el cielo gris acompaña al ocaso del día delineando la silueta del olvido. La casona colinda con el pasado de un verde bosque convertido en una serie de árboles secos cuyas ramas semejan lanzas.
Todo fue abandonado desde hace varias décadas. En el pueblo rápidamente se propagó la leyenda sobre aquella casa abandonada, unos dicen que fue un espíritu del más allá quien vino por las almas de sus moradores, otros hablan de un asesinato y otros más prefieren no hablar del tema. En lo que coinciden todos es que quienes habitaban ahí, un buen día desaparecieron sin dejar rastro alguno de su partida.
La historia cuenta que una noche de tormenta mientras Lord Kensignton y su esposa Lady Katsfield cenaban…
Los ojos se me cerraban debido al cansancio, había sido un día especialmente estresante en la oficina, un virus logró colarse en los sistemas informáticos y por ende se tuvo que trabajar prescindiendo de ellos mientras el personal de tecnología de la información limpiaba los servidores y revisaba todo el sistema.
Cerré el libro y apagué las luces, dando rienda suelta a que mi cansado cuerpo se entregara al esperado descanso.
Durante la noche mi perro quien duerme al pie de mi cama ladró incesantemente como si alguien hubiera entrado a la habitación, gruñía y se quedaba viendo hacia un punto en especial para luego seguir ladrando. Me levanté de la cama y casi sonámbulo lo saqué de la habitación para que me dejara continuar mi estado onírico.

De repente el despertador sonó, sentí como si apenas hubiera pasado un minuto desde que me volví a dormir. Al entrar en la regadera mi cuerpo no sentía el agua que corría sobre de él, me preguntaba si en realidad estaba despierto o era sólo un sueño, quizá estuviera delirantemente enfermo y mi alucinación me llevaba a la regadera, cambié el curso del agua a sólo fría y aun así no sentía nada.
Al salir de casa y subirme al auto también hubo una sensación como si el coche se manejara por sí mismo, a unos metros de donde iba conduciendo vi un auto exactamente igual al mio, no hubiera sido nada especial sino que al ver la silueta de quien lo conducía se semejaba tanto a mi. Pensé, estos autos son al parecer del gusto del mismo tipo de personas. Entonces traté de alcanzar a aquel auto pero por más que lo intentaba en algún momento salía de mi vista y luego lograba verlo nuevamente alejándose y acercándose una y otra vez provocándome un enorme abatimiento.
El doloroso rechinido de la puerta me despertó nuevamente, las luces del despertador estaban apagadas, intenté encender la luz, pero no hubo respuesta, la energía eléctrica se había interrumpido. El viento soplaba con gran fuerza y la lluvia azotaba las ventanas como queriendo entrar con desespero a la habitación. Los rayos iluminaban la habitación por segundos, en eso sentí algo húmedo junto a mí. A la luz del siguiente relámpago pude observar una mancha oscura en mi cama, me levanté de un saltó y tenté en el buró para encontrar mi teléfono celular, dirigí la luz a la mancha, mis manos y las sábanas estaban teñidas de sangre, me encaminé al clóset y busqué una linterna en la caja de herramientas, a cada rayo que caía la habitación se iluminaba y sobresalían las manchas de la cama y de mis manos. Por fin encontré una pequeña linterna, al encenderla su luz se esfumó casi de inmediato, la lluvia y el viento parecían querer llevarse todo a su paso, como pude me dirigí a la cocina y en uno de los cajones encontré una vela misma que encendí con el fuego de la estufa. Mi perro gruñía y al dirigir la luz hacia él sus ojos parecían reflejar un brillo poco usual. La puerta de entrada de la casa tenía rastros de haber sido golpeada a punta de hachazos, en eso la estancia se iluminó por las luces de un auto que llegaba. Me asomé por la ventana y vi lo que parecía ser mi propia silueta manejando mi auto. Quise salir pero la puerta estaba atrancada, en el suelo se encontraba el hacha que mostraba resquicios de sangre, la tomé por el mango, corrí a una de las ventanas y me dispuse a darle un buen golpe, en eso un rayo cayó justo en el techo de la casa, todo se cimbró, por el impacto los vidrios de las ventanas se desquebrajaron y entró una estela brillante de humo que se introdujo por mis fosas nasales; de inmediato sentí una punzada en mi vientre, debajo de la piel sentía algo viviente que se movía con urgencia, era una mano que luchaba por salir, subía y bajaba como buscando la manera de encontrar una escapatoria. De nuevo un relámpago me cegaba, al mover mi brazo para tapar la luz con mi mano mis ojos no podían creer lo que

veían, mi mano había sido amputada y el hacha se encontraba a mis pies con restos de sangre. Afuera salía del auto aquella silueta que semejaba a la mía, el torrencial aguacero y la escaza luz apenas permitía ver con claridad de quién se trataba. Escuché como la cerradura de la puerta comenzaba a girar, me desesperaba la oscuridad, di un paso atrás esperando ver como se abriría la puerta.
Unas voces al otro lado indicaban que eran varias personas quienes intentaban entrar; con la única mano que me quedaba tomé el hacha para recibir a los intrusos.
La puerta se abrió de par en par y de un golpe las luces se encendieron, la escena cambió, todo lucía diferente, estaba en mi casa frente a esa puerta pero todo había cambiado en un segundo.
Un par de niños un tanto adormilados cargando sus juguetes entraban junto a una mujer. – Váyanse directo a la regadera y se ponen sus pijamas mientras les preparo algo de cenar, les decía aquella mujer que al parecer era su madre. Atrás venía un hombre llevando unas bolsas del supermercado. La lluvia había cesado por completo, de hecho no había rastro de lluvia, al entrar aquel hombre quien curiosamente tenía mi misma complexión no me vio como tampoco se percataron de mi presencia su mujer e hijos; siguieron su camino y cuando estaban a punto de estrellarse contra mi pasaron a través de mi cuerpo. No daba crédito a lo que pasaba, seguro era una terrible pesadilla, de la que por alguna razón no podía despertarme, corrí a mi recámara con la peregrina idea de que al regresar a mi cama encontraría la manera de despertar; todo había cambiado, los muebles eran otros, mis libros habían desaparecido por completo, las paredes tenían un tapiz que me parecía de pésimo gusto, había un espejo enorme que colgaba de la pared, me paré frente a él pero no me reflejaba, estaba aterrado, no entendía que pasaba, veía como mis ropas estaban deshilachándose y tenían huellas de moho. Me llevé la única mano que tenía a la cara y vi que mi piel era una delicada capa de pellejo seco. Los niños corrían y pasaban a través de mi casi etéreo cuerpo que poco a poco se iba desintegrando, al ver hacia abajo sentí como se desprendía uno de mis ojos y caía al suelo como una canica. Di la vuelta y en el quicio de la puerta vi a uno de los niños que se quedaba quieto como si pudiera verme, soltó de gritos desesperados, sentí vergüenza de mí mismo, no quería ser visto; en qué me había convertido. De inmediato llegó la madre del niño y lo calmó, ambos dirigieron su mirada hacia donde yo me encontraba, – cálmate Robertito, es sólo una araña. El arácnido corrió por la pared que se encontraba detrás de mí cuando percibió la cercanía del golpe mortal con una pantufla.
No entendía qué había pasado, quién era yo en realidad, nada me pertenecía, mi cuerpo parecía abandonarme, la incertidumbre me abrumaba, el juego de mi mente se preguntaba una y otra vez en qué me había convertido. Quise salir corriendo de ese lugar que ya no era mío, pero las paredes y las puertas me repelían. Quién era yo, me

preguntaba, lo que me definía había desaparecido, yo mismo estaba descomponiéndome pedazo a pedazo.
Corrí hacia el patio y me encontré con un perro que tampoco era el mío, el animal parecía verme, era un perro peludo de tamaño mediano, seguramente adoptado ya que no presentaba una raza clara. Con sus ojos puestos sobre el único ojo que a mi me quedaba, ladró con insistencia hasta que salió su dueño y lo reprimió por el ruido que hacía.,
– “ tranquilo perrito , tranquilo , no te voy a hacer nada” , le dije; esa frase sonó en mi mismo más que trillada, pero al parecer el perro lo creyó y se calmó, luego a pasos sigilosos se acercó a mí mientras yo le llamaba. Ya que estaba junto a mí movió su cola peluda demostrando su confianza y alegría, levantaba su hocico como haciéndome señas y a brincos me indicaba que lo siguiera, así lo hice, el perro corrió hacia uno de los muros y a mi sorpresa lo traspasó, me detuve y toqué el muro esperando que me repelara como había sucedido con los otros muros de la casa, sin embargo vi como mi brazo se hundía en aquella pared, de repente me vi entrando en un túnel, el perro ladraba y me rodeaba para que no me apartara mucho de él. A dónde dirigía aquel túnel, de hecho no era un túnel muy común ya que no se escuchaba ningún eco y la temperatura era en sí inexistente, el perro ladraba de con un tono de alegría, como si fuera a algún lugar conocido.
A lo lejos se veía una luz, me apresuré para llegar a esa intensa emisión, pero al siguiente paso una mano salió del suelo y me jaló hacia ella hundiéndome en una especie de pantano, de nuevo todo era oscuridad, arriba sólo se escuchaban los ladridos de aquel perro , el cuerpo decadente que alguna vez fue mío me pesaba más, quería deshacerme de él, lo viscoso de ese especie de pantano hacía que la carga fuera aún mayor, al intentar moverme para salir a la superficie mis miembros se iban resquebrando primero mis piernas, luego lo que quedaba de mis brazos, mi tórax tan fuerte en otro tiempo se desintegraba en cada intento de mantener mi YO decadente.
Los ladridos se escuchaban cada vez más cercanos, sentí como unos dientes tiraban de lo que quedaba de mí hacia la superficie, era aquel perro, ahora alado que con premura me llevaba en su lomo hacia el final del túnel que estaba por cerrarse, a toda velocidad volaba hacia la luz a la vez que lo que quedaba de mi marchito cuerpo se iba desintegrando, llegamos al final del túnel y nos encontramos con un mar que centellaba varios azules nunca antes vistos, sin palabras el perro alado me dijo que a ese lugar se le conoce como el cauce donde se encuentra la vida y la muerte, le llaman el mar del perdón.
Al fondo un resplandor celestial nos esperaba. La vida y la muerte deben fluir, me dijo, y así me dejé llevar.

Eduardo Sastrías

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